No hablo por todos, ni
siquiera por muchos, al decir, por ejemplo, que hay más patria en la villa 31
que en Barrio Norte (con el debido respeto para los compañeros de Barrio Norte,
que no son responsables por el gorilaje que los rodea).
Y más patria hay también en
el tipo que cartonea en su carrito que en cualquier encorbatado recitador
pelotudo de prejuicios liberales.
Hay más patria en el peón mal
pagado que ensilla su caballo cuando todavía está oscuro que en su patrón.
Más patria en las zapatillas
estropeadas que patean una pelota en el potrero que en las botas artesanales de
un 10 de hándicap.
Y si quieren decirme
prejuicioso al revés, no hay problema. Para mí no da todo igual ni es mejor lo
que más brilla ni tiene mejor prensa.
Hay más patria en la tierra
bajo las uñas de las mujeres del surco que en el esmalte de una señora Mirta.
Más patria en lo que pueda quedar
de Rodolfo Walsh que en la boca sucia de Jorge Lanata.
Más patria en el fondo de una
sola arruga de la más tembleque de las Madres de la Plaza que en toda la superficie
de las camionetas que conducen los seguidores de Biolcati.
Y no me vengan con que todos
formamos la patria, porque no es así. ¡Qué van a formar la patria estos hijos
de puta capaces de vender hija, madre y patria por un fajo de dólares! No
señores, la patria no está en todos lados. En el delirio presuntuoso de Elisa
Carrió no está, ni en la “sabiduría griega” de Mariano
Grondona, ni en los vasos de whisky que se llenaron cuando murió Kirchner, ni
en la jeta delictuosa de los oligarcas que lloran miseria, ni en los zapatos de
Blaquier, ni en las botas retiradas de Jorge Rafael Videla.
Pero ojo, no seamos lineales,
porque también hay más patria en la bronca a veces desmedida de Bonasso que
en la mugre mortal que la
Barrick echa en sus diques de cola.
Por eso digo, que no hablo
por todos, ni por muchos.
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