¡Qué lejos quedó la supremacía
cultural que supo ser su fuente de energía!
¡Pensar que apenas 25 años
atrás era un gusto verlos! Gorditos, lozanos, ganadores, prepotentes, enseñando
al bruto pueblo las operaciones básicas del liberalismo, o cómo ser eficientes,
competitivos, extirpadores de la glándula solidaria y del órgano de la
responsabilidad social…
No está quedando nada de todo
aquello, como si la maldición del tango, donde todo se degrada, corrompe y
decae, se hubiera cebado sobre el otrora robusto cuerpo del conservadurismo
argentino.
¿De dónde les ha venido este
desabastecimiento de ideas, esta opacidad de raciocinio, esta tisiquéz
conceptual?
Si lo refiriéramos en
términos rurales (tan caros a la derecha nacional) diríamos que son el motor de
un viejo John Deere, agotado en décadas labranza, acarreo y cinchaje, o un
veterano caballo de estancia que luego de muchas temporadas de arreos y
atropellos quedó con los tendones flojos y el corazón inseguro.
Debe ser nomás como dice el
héroe Rafael Correa (porque yo lo recuerdo mostrando el pecho e invitando a los
policías rebeldes a que le disparen): “No es una época de cambios; es un cambio de
época.”
En estas coyunturas
históricas donde unos paradigmas son reemplazados por otros se dan estos
fenómenos de raquitismo repentino de ideologías que hasta ayer nomás eran
viables y dominantes; esto es lo que debe estar pasando.



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