Niño y su escarapela
Le vamos a llamar por uno de sus alias, Gustavo Niño, el que utilizó para infiltrarse en el grupo de la Santa Cruz , la formación original de las Madres de Plaza de Mayo.
No le llamaremos Alfredo Ignacio Astiz, pues si ha negado ese nombre, por vergüenza o por cobardía de las consecuencias que pudo haberle acarreado, lo identificaremos tal cual se hizo conocer cuando engañó a las mujeres que buscaban a los hijos secuestrados por él mismo y sus compinches.
Cada uno sabe lo que hacer con su identidad, si mostrarla plenamente o enmascararla.
Hoy el “Rubito”, a quién la monja francesa desvelaba aún estando ella misma prisionera y cercana a su muerte, recibe la condena de un sistema judicial que reaccionó con una demora de más de 30 años.
Porque el texto del fallo judicial lo autoriza, puedo ahora calificarlo como secuestrador, asesino y simple ratero. He leído por allí que Niño pertenece a la casta de los represores “convencidos”, con un substrato ideológico respaldatorio de sus crueles actos; no estoy de acuerdo: el raterismo en banda es incongruente con esa clasificación.
Para algunos compatriotas es el símbolo del ideal del soldado patriota. ¿De qué modo lo sería? Engañar a unas viejas, señalarlas con un abrazo traidor a la salida del templo, entregarlas al verdugo, no son condiciones que un San Martín, un Bolívar, un Paz o un Dorrego hubieran aprobado. Y no hablemos de su veloz rendición en territorio austral, cuando la Guerra de las Malvinas.
Si sus condiciones de soldado eran deplorables, cabe preguntarse para qué servía, cuales eran los servicios que prestaba a las “patrióticas” Fuerzas Armadas. Él mismo lo dijo, en entrevista con la periodista Gabriela Cerruti: “Yo digo que a mí la Armada me enseñó a destruir. No me enseñaron a construir, me enseñaron a destruir. Sé poner minas y bombas, sé infiltrarme, sé desarmar una organización, sé matar. Todo eso lo sé hacer bien. Yo digo siempre: soy bruto, pero tuve un solo acto de lucidez en mi vida, que fue meterme en la Armada.”
Lo que le sobra de sus años de pillaje impune es una soberbia irritante, unos modos de desafiar a quienes lo acorralaron y lo llevaron a su destino final tras las rejas.
Podríamos rescatar ese costado de él como uno que habla de orgullo y perseverante carácter. No se, para mí es un modo final de asegurarse el reconocimiento y la admiración de pequeños grupos de fanáticos que aún hoy reivindican lo hecho por las cúpulas militares durante aquellos años tristes.
Lo último que dejó ver fue, en este sentido, mientras se leía su sentencia, el acto de sacar una escarapela y prendérsela en la solapa del saco y cepillar con sus finos dedos delicados de ángel la tela sobre la que estaba prendida la insignia. ¿Qué quiso decir? ¿Que estaba orgulloso de lo realizado, que es un patriota y los otros, nosotros, unos zurdos apátridas? ¿Qué se caga en los dictámenes judiciales y que prefiere seguir fiel a una idea de nación que solo existe en sus recuerdos?
No hay arrepentimiento. Este tipo de gente podría matar otra vez si le dan oportunidad y medios.
Y lo extraño es que sin importar lo malo, sucio y dañino que han hecho a sus compatriotas cuando tuvieron los recursos del estado a su disposición, se sienten los buenos de la película.

Muy buena nota. Coincido plenamente con el último párrafo.
ResponderEliminarLo más irritante es eso, nunca van a reconocer que lo que hicieron estuvo (como mínimo) mal.
(Ni hablar de reconocer que cayeron hasta lo más bajo de lo más bajo que pueda un ser humano antes de dejar de consideralo como tal, pero no les pido tanto)
Ellos creen (o quieren creer) que hicieron lo correcto.
Que se pudra en la carcel , que agradezca el juicio,los abogados, y todos los derechos que tuvo en su juicio a costa de todos los ciudadanos de este hermoso país y no que hicieramos con él lo que hizo con sus víctimas.
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ResponderEliminarInteresante y conmovedor relato!!!
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