¿Vale la pena involucrarse?



Son numerosos los ciudadanos que desilusionados del funcionamiento defectuoso de muchos engranajes de la democracia llegan a preguntarse si vale la pena involucrarse, hablar del tema, tomar posición, protestar, criticar, debatir, discutir, quejarse, presionar, en fin, meterse con los que manejan la cosa pública y privada, rebelarse e intentar impedir que el destino común sea llevado por rumbos que no son los nuestros.

A veces (a menudo) triunfa la desazón. Entonces se va construyendo la idea del INFORTUNIO SOCIAL INEVITABLE, la certeza de no poder hacer nada contra el mal orden establecido y los habitantes se van convirtiendo un poco más en marionetas de sus dirigentes.

Y si vemos el poder inmenso de las corporaciones de diverso orden, poniendo al lado al individuo solo, anónimo, casi invisible, ese habitante cuya única función decisiva dentro de la maquinaria parece ser optar cada cierto número de años por 1 de 4 o 5 candidatos puestos por las mismas corporaciones, no le faltaría razón al escéptico de la democracia.

Los ciudadanos devienen en público ingenuo cooptado por los trucos de un maestro ilusionista.

¿Qué podríamos intentar contra un sistema que nos utiliza, que es gobernado por una élite voraz que nos mantiene a distancia de la verdad, que reproduce en un ciclo eterno escasez, altos precios y baja calidad institucional para asegurarse el control social de las masas? ¿Cómo triunfaríamos sobre un orden que bloquea como método (a través de un mal sistema educativo) el surgimiento masivo de personas lúcidas, informadas, socialmente comprometidas, capaces de someter a buena crítica las prácticas de gobierno y habilitadas para corregir estrategias y tácticas?

La acción sincrónica de las distintas corporaciones (iglesias, sindicatos, sistema judicial, medios de comunicación concentrados, monopolios productivos, comerciales y financieros, dirigencia política,…) es, sin duda, la que dicta donde se concentra la riqueza, quienes acceden a ella y cuántos quedan fuera del reparto de la asombrosa plusvalía que arroja el capitalismo.

Como latinoamericanos podemos dar fe de esto. En una de las regiones más ricas del globo soportamos 500 años de miseria social y económica; a 200 años de la “independencia” recién fuimos capaces de entrar en el ciclo definitivo de la continuidad democrática; el crecimiento económico de la región (un dato que ya no desaparecerá) es uno surgido apenas durante la última década. Nosotros, los latinoamericanos, sabemos qué cosa significa ser mal gobernados. Y como latinoamericanos, como parte de un colectivo de cerca de 600 millones de personas que al cabo de 5 siglos consigue por fin ingresar en el circuito de la democracia y la prosperidad, somos, aparte de testigos y víctimas de lo que pequeños grupos con poder concentrado hacen para mantener a las mayorías en la miseria ignorante, la refutación del INFORTUNIO SOCIAL INEVITABLE. Nosotros podemos decir que no existe tal cosa, que los latinoamericanos no estamos condenados ni a la pobreza ni a la ignorancia.

De este modo, así pensando, resulta claro que las fuerzas de los mecanismos de dominio de los sectores del poder establecido son poderosísimas y determinan el destino de los pueblos. Indiscutible.

Pero la victoria de los regímenes constitucionales y los índices de desarrollo económico en la región también nos permiten concluir que la esperanza de nuestros pueblos no es fantasía impracticable. Un futuro mejor es viable. Y en eso estamos, los latinoamericanos, mientras USA y Europa no aciertan rumbos de prosperidad.

Pero si esto es así cabe preguntarse de donde cayó esta estabilidad política y este desarrollo material en Latinoamérica. ¿Es acaso producto de la casualidad? ¿Será un continental viento de cola del cuál no somos ni arte ni parte? O será producto de la decantación de innúmeras y silenciadas -aniquiladas- voces de rebeldía que desde el mismo momento en que los españoles comenzaron a masacrar y saquear han venido señalando su oposición a toda injusticia?

Si se quisiera desmerecer a Latinoamérica y a los latinoamericanos (empeño vil que ocupa a muchos ¿¿¿¡¡¡latinoamericanos!!!???) diríamos que esta primavera es efímera y que prontas, brutalidad y anarquía nos devolverán al barro que es nuestro elemento primario.

Al no querer desempeñar un papel tan triste y desclasado, optaremos por considerar que son los gobiernos latinoamericanos últimos, elegidos concientemente por sus pueblos, alejándose de las prácticas del liberalismo económico, poniéndose de parte del pobrerío mayoritario, enfrentándose al establishment político, económico y militar,  los que provocaron la ruptura del círculo enfermo de dictaduras, represión y miseria.

Y además pensaremos que esto fue y está siendo posible porque en el seno de las sociedades creció a pesar de los frenos del conservadurismo una simple y radical idea: Latinoamérica es para sí, no para otros.

Sostengo que estos gobiernos surgidos en nuestra región han sido producidos por la gente, a diferencia de los anteriores, que por lo general se auto instituían. Y que estos gobiernos son exitosos y duraderos por la misma razón; poseen legitimidad legal y popular, por lo tanto son exitosos.

Uno, que anda por los 50, creció sabiendo que los gobiernos militares y las crisis económicas eran parte de la vida; parecía normal; siempre había sido de ese modo.

Hoy cualquier chico de secundaria considera a los gobiernos militares una antigüedad impracticable y por obra y gracia de una economía que no decae (a pesar de 8 años de inminente cataclismo predicho por los gurúes económicos del régimen depuesto) tampoco considera que existan riesgos de recaída económica. En realidad no  saben qué es una recaída económica. Gente de mi edad creció en una argentina en la que había colas para conseguir un kilo de azúcar oscura, en la que se amanecía con un general como presidente, donde era cotidiano el cerrar de fábricas y talleres, donde muchachos y chicas que pegaban carteles para el PC o la JP o cualquier otra agrupación de izquierda eran “idos”, “esfumados”, perdiéndose en la noche. Y de esto no hace mucho tiempo.

Y este horrible estado de cosas que fue para nosotros los mayores un asunto cotidiano, hoy parece un mal sueño. Pronto nos acostumbramos a las ventajas de vivir de acuerdo a un orden constitucional. A Dios gracias.

¿Y a quién sino a la gente común, al pueblo, al “vos y yo y todos”, debemos esto? ¿O ha sido concesión graciosa de algún dictador u obra maestra de algún caudillo político? ¿No fue y sigue siendo construcción popular?

Nos enseñamos a nosotros mismos a vivir de acuerdo a estas reglas constitucionales. Que no vengan a querer vendernos manuales de convivencia. Lo poco que tenemos lo hemos conseguido a fuerza de siglos de explotación que despertaron conciencia.

Y en este punto ya estamos en condiciones de responder la pregunta del inicio: ¿Vale la pena involucrarse? Y la respuesta es: Esto que tenemos, que no es mucho pero incomparablemente mejor que lo que generaciones pasadas tuvieron, lo tenemos gracias a gente que se involucró. Aún si quisiéramos no involucrarnos, nos resultaría imposible. El clima cultural de la época lleva al ciudadano a inmiscuirse en los asuntos de la patria.

Vivimos tiempos históricamente felices. No percibirlo implica una falta de desarrollo de la percepción política y defectuosa formación cultural (y no hablo de falta de instrucción sino de errónea instrucción, lo cual no es llamativo visto que venimos de un pasado de atraso conservador).

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