Nos ocurre de tanto en tanto que no podemos manejar la cantidad de pena dentro de nuestro sistema, como si no funcionaran las esclusas de contención. Entonces la angustia prevalece, con su arrastre de malas decisiones, fallos, imprevisiones, incongruencias, reacciones sin proporción, daño auto infligido. Y te sentís tan débil como el pájaro echado en su nido mientras la tormenta busca acabar con la frágil vida que protege bajo su cuerpo Cuando así están las cosas, la usual soberbia humana desaparece, reemplazada por la absoluta conciencia de la debilidad natural a nuestra condición indefensa. Caen los muros de la fortaleza humana construida en millones de años de supervivencia específica y sentimos que lo único real en nuestro ser es esa sensación miserable de chico azotado por un padrastro cruel. Hasta quisiéramos despedirnos, convencidos de la derrota. Y muchos lo hacen. "No aún", sugiere, sin embar...