El peligroso transeúnte avanzaba por la calle y su aspecto amenazante intimidaba a todos. Un oficial toma cartas en el asunto y le exige que cese en sus acciones intimidatorias, sin éxito. Apercibido del enorme machete afilado como cimitarra que el delincuente sostiene con ambas manos tras su espalda, el agente del orden aplica hábil presión sobre el estómago del inadaptado, con el evidente propósito de interrumpir su aliento momentáneamente y proceder entonces a su detención. El temible sujeto opta entonces por arrojarse con violencia sobre el pavimento, fingiendo rol de víctima con el cual luego incriminar al servidor público y poner sobre aquel el peso punible de los hechos. Una exagerada fuerza al practicar esta acción termina con su cráneo golpeando el pavimento, con lesión seguida de muerte. Tal lo ocurrido.