Alteraciones del tiempo-Parte 1/Ricardo Antonio López

El tiempo –que sacude su extensión en constantes parcelas homogéneas- no hubiese variado en nada de no ser por la desafortunada inclusión de aquella cifra insólita, en la cuenta definitiva de los días seguidos de noches que los hombres emplean para medirlo vastamente.

Ninguna otra cosa de más grave y delicada composición que el tiempo: no debe inyectársele sustancia extraña si uno pretende que siga reglando la normalidad. Ese es un saber antiguo que la sensatez no suele olvidar, excepto cuando un loco se apodera del timón, para desgracia del resto en sus cercanías.

Tenemos lo siguiente, para ilustración de los que poco saben acerca de la naturaleza y mecanismo del tiempo: sin ser una sustancia tal como puede serlo el vidrio o la madera, participa de la condición común a cualesquier sustancia, que es la de ser alterable en relación directa a los cambios del entorno. Si Ud. toma algo de tiempo y lo introduce en un recipiente capaz de sellarlo y aislarlo -de forma que pierda relación con la sustancia madre- ya está en disposición de provocar alteraciones en esa porción de tiempo separada, siempre que cuente con las herramientas lógicas y/o tecnológicas adecuadas. Por ejemplo, con un reloj mecánico estropeado puesto en la periferia del recipiente contenedor se pueden inducir retrasos o avances en la sustancia temporal, que será influida por el mecanismo fallido. Entonces se observarán deformaciones en el espacio solidario al tiempo alterado. Tales deformaciones afectarán a cualquier objeto inerte u orgánico incluido en el espacio deformado, de un modo irreversible, lo que nos indica cuán peligrosas resultan estas manipulaciones temporales. De manera similar, el pensamiento también es capaz de corromper el estado original de la sustancia aislada: la idea de un árbol que decrece hasta volver a la condición de semilla, imaginar el retroceso de un dibujo desde su culminación hasta el punto inicial, suponer un día que comenzara de noche y terminara al alba y otros ejercicios intelectuales por el estilo, producirían el mismo efecto.

Aunque hoy día existen numerosos laboratorios equipados con los aparatos que permiten el aislamiento y sellado de porciones de tiempo, antiguamente ello solo era posible mediante complejas operaciones mentales y resultaban ser concretadas en muy extraordinarias circunstancias, casuales por lo general, como en casos en que un escritor de literatura fantástica ingresaba sin notarlo en la delicada región interior del dominio de los mecanismos que hacen marchar al tiempo. Un filósofo conjeturando acerca de los misterios del transcurrir podía ser otro que lograra irrumpir en tales territorios. Algunas clases de insanos mentales cruzan esas fronteras frecuentemente y se han dado casos en que las deformaciones espaciales han provocado la cura, inverosímilmente.

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