PriOrLuePro-Parte1/Ricardo Antonio López
Salió esa mañana con la cabeza plena del orgullo, prejuicios y clasismo que convenía a su condición asumida de latinoamericano de élite, un estado de ánimo que le mantenía en firme estado de exaltación y le vino por crianza desde un hogar de clase media con “aspiraciones”, es decir, con ganas de hacer cosas por arriba del nivel de evacuación propio.
No había nada que hacer con él, más que adherir a su prédica o tentarse con reprimir su soberbia de gato flaco con un buen revés, lo que no convenía, pues le hubiera transferido al instante a la categoría de representante de la cultura de los “países serios” agredido por la chusma populista que tanto mal le hace a las sociedades en desarrollo.
Esa mañana debía pasar por la sede barrial de Primero el Orden y luego el Progreso, apodado en sus comienzos “Priorluepro”, derivando rápido por razones de dureza de lengua en Prior, Prioritario y finalmente Partido de las Prioridades, quedando así establecido entre afiliados y simpatizantes, quienes consideraban muy pertinente sobrenombre para un movimiento de opinión tendiente a restablecer las antiguas categorías sociales que hicieron grande a esta nación, según repetían incansables.
En el espacioso salón dividido por tabiques prefabricados que daban a la sede el aspecto de oficinas empresariales, gobernaban el entusiasmo y las buenas ropas, junto a los videos mudos en que se replicaban al infinito los festejos danzantes de cada campaña electoral exitosa, los letreros con frases positivas y las bateas con pines, adhesivos, pulseras, gorras y otros suvenires de libre reparto que eran el respaldo ideológico de la agrupación.
Entrando al salón buscó entre el gentío a sus camaradas preferidos, con los que se prodigaban al encontrarse el tradicional saludo prioral, que consistía en un refregar de pulgares derechos acompañado por el movimiento de caderas -que el líder hizo tradicional señal de victoria-, más la mímica simultánea de un grito de sorpresa enmarcado por una cara ganadora en una cabeza que subía y bajaba afirmando.
No había nada que hacer con él, más que adherir a su prédica o tentarse con reprimir su soberbia de gato flaco con un buen revés, lo que no convenía, pues le hubiera transferido al instante a la categoría de representante de la cultura de los “países serios” agredido por la chusma populista que tanto mal le hace a las sociedades en desarrollo.
Esa mañana debía pasar por la sede barrial de Primero el Orden y luego el Progreso, apodado en sus comienzos “Priorluepro”, derivando rápido por razones de dureza de lengua en Prior, Prioritario y finalmente Partido de las Prioridades, quedando así establecido entre afiliados y simpatizantes, quienes consideraban muy pertinente sobrenombre para un movimiento de opinión tendiente a restablecer las antiguas categorías sociales que hicieron grande a esta nación, según repetían incansables.
En el espacioso salón dividido por tabiques prefabricados que daban a la sede el aspecto de oficinas empresariales, gobernaban el entusiasmo y las buenas ropas, junto a los videos mudos en que se replicaban al infinito los festejos danzantes de cada campaña electoral exitosa, los letreros con frases positivas y las bateas con pines, adhesivos, pulseras, gorras y otros suvenires de libre reparto que eran el respaldo ideológico de la agrupación.
Entrando al salón buscó entre el gentío a sus camaradas preferidos, con los que se prodigaban al encontrarse el tradicional saludo prioral, que consistía en un refregar de pulgares derechos acompañado por el movimiento de caderas -que el líder hizo tradicional señal de victoria-, más la mímica simultánea de un grito de sorpresa enmarcado por una cara ganadora en una cabeza que subía y bajaba afirmando.
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