¿Vio la corrupción?, por Carlos Oviedo
Como estribillo de mediocre canción de moda con la que bombardean las emisoras de radio, de ese modo, nos toca oír en lugares públicos la misma cantinela. “¿Vio la corrupción que hay?”. “¡Lo que es la corrupción!”. “Nunca hubo tanta corrupción como ahora”. “Da lo mismo quién gobierne. Siempre habrá corrupción”.
Intentemos problematizar el tema.
La existencia de la corrupción y la inmoralidad de su práctica no son materia opinable. En contraste, hay diferentes abordajes posibles y eso sí se prestan a disenso. De nuestro modo de percibir la corrupción, creo, depende nuestra manera de quejarnos de ella y con quién nos aliamos para hacerlo. Y esa percepción no está libre de condicionamientos. Sabemos que la prensa hegemónica minimiza la cuestión cuando apaña a un gobierno y la exacerba cuando lo quiere desprestigiar a cualquier precio. Así lo hace la historia oficial cuando de contar el pasado se trata.
Tomemos casos lejanos en el tiempo, por ejemplo, el del famoso empréstito de Bernardino Rivadavia. Un especialista lo explicaría mejor, pero en pocas palabras, consistió en recibir del exterior una importante suma en carácter de préstamo con invocado propósito de realizar obras para mejorar el país. Resultado: hubo que pagar la deuda sin que se hiciera nada de lo prometido. Destino del dinero: misterio. El establishment de la historia da al mencionado el carácter de prócer. Entre otras cosas, al cargo de Presidente de la República se lo nombra afectivamente como “el sillón de Rivadavia”, y una importante avenida de la ciudad capital lleva el apellido de tal señor. Otro ex presidente, cuyo rostro debemos soportar en el billete más alto de nuestra moneda, es elogiado en muchos textos escolares por su “Campaña al Desierto”. Lisa y llanamente consistió en quitarles por la fuerza las tierras a los aborígenes para repartirlas entre familias de la oligarquía. Se veían apellidos que reencontraríamos generaciones más tarde. Esto dio origen a la famosa “Sociedad Rural Argentina”, la misma que hoy invita al pueblo a levantarse en su defensa. Queda claro con qué tipo de gobiernos se inició esta práctica. Les podemos llamar conservadores, de derecha, reaccionarios o lisa y llanamente los enemigos internos de la patria. Vale decir que cuando llegaron al poder los gobiernos llamados populares, los procedimientos deshonestos estaban instalados.
Veamos períodos más recientes.
Años, logros, esperanzas, frustraciones y fusilamientos pasaron antes de que llegara la tristemente célebre dictadura autodenominada “Proceso de Reorganización Nacional”. Muchos funcionarios que llegaban al gobierno descendían, tanto en sangre como en ideología, de aquellos fundadores de la Sociedad Rural y otras personalidades destacadas de aquellas épocas. El más claro ejemplo es el Ministro de Economía: José Alfredo Martínez de Hoz. No necesitamos detallar las muchas atrocidades que son ya de dominio público. Sí cabe detenerse en un “detalle”: el espectacular endeudamiento. Como si se hubiera querido demostrar a Don Bernardino Rivadavia que los discípulos pueden superar a los maestros, se contrajo una multimillonaria deuda cuyas consecuencias el país sigue sufriendo casi cuarenta años después. Vuelven las preguntas. ¿Qué fue de la plata? No lo sabemos. Hay un periodista famoso por su pasión por investigar rutas de dinero. Es una pena que no podamos contar con él para este esclarecimiento, ya que es muy concreto cuando dice que está harto de la dictadura. No solamente quedan las secuelas de aquella deuda. Esa especie de “cultura de la impunidad”, del “afaná que no pasa nada”, también ha ejercido una influencia que no se ha terminado de neutralizar. Sabemos que es así y no porque lo diga yo.
Me encantaría saber en qué se basan los que afirman que la corrupción la trajo Perón (lo he oído) o piden “que vuelvan los milicos” para que el país sea gobernado con mayor honestidad. Ignoro las bases de tales argumentaciones. Sólo podemos decir que la historia no ayuda a sostenerlas.
Que los gobiernos populares no han logrado aún terminar con la corrupción, no lo voy a negar. Como digo a menudo, si así lo hiciera sí que tendrían derecho a llamarme fanático. Si quienes tienen otras ideas políticas admiten que el problema viene de arrastre y sus candidatos ni están limpios ni son garantía de cambio, empezará ese diálogo franco tan reclamado.
Me indigna que la corporación mediática (como de costumbre, sin la honestidad de decir desde dónde habla) haya instalado en muchos la falsedad de que el gobierno actual es el más corrupto de la historia o la falacia de que cualquier tipo de gobierno es la misma porquería por el simple hecho de que siempre hay corrupción. La Presidenta fue contundente cuando dijo que no hay que enojarse con los que creen una mentira sino con los que mienten. Aun así, no está de más abrirles los ojos a los primeros. Una compañera de ideas me apuntó con acierto que “sin clientes no hay Lanata”.
En resumidas cuentas, en un tema como el tratado y en un momento como el actual, es decisivo que sepamos de qué lado estamos y por qué elegimos ese lugar. Hay mucho en juego.
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