Todos discriminamos/Ricardo Antonio López

Te discriminan y discriminás. Discrimino y me discriminan. Es así. Una práctica cultural tan  potente que no parece posible frenar.

Discrimino al pelotudo con aires (pero solo aires) de oligarca ruralista desde que le fiaron la 4x4 (por obra y gracia de la fortaleza económica que trajo el kirchnerismo).

Me discrimina el mismo zonzo encamionetado cuando se me queja de la delincuencia callejera y le contesto que está refiriendose a los marginales, que a los delincuentes reales, grandes, determinantes, no les encontrará en las villas, sino en los countries, en los departamentos más caros, que no les verá calzando gorra y zapatillas raras, sino pelando trajes de alta sastrería.

Discrimino al pequeño puteador de Cristina Fernández, tan enfermo, tan ordinario, tan barato.

Me discrimina el puteador, cada vez que le hago notar la baja filiación de su discurso.

Discrimino al tipo que conocí en el 2.000 más cagado que palo de gallinero y hoy saca pecho adjudicándose la total autoría de su actual prosperidad.

El próspero anti K me discrimina, acusándome de ser un agente pago al servicio de los "mafiosos que nos gobiernan".

Discrimino al "conocedor informado" que vive aportándote "datos de terror" que sacó de cuevas digitales fascistas y de los "análisis independientes" de Black y Van der Kooy.

Me discrimina el sabihondo online, por considerarme un ente resistente a la realidad.

Discrimino al que habla de "darle una oportunidad a gente nueva".

Me discrimina el ilusionado (o alucinado) cuando interrogándole por la identidad de esa "gente nueva", me cita a Macri, Massa y otros por el estilo.

Discrimino al que no puede hilvanar 2 oraciones seguidas sin referirse a los terribles azotes de la corrupción y la inflación "que nos están dejando sin futuro".

Me discrimina el horrorizado quejoso cuando le recuerdo de la existencia de un tal Menem, o de una inflación anual del 800% y de cómo algunos sobrevivimos, aunque muchos con amnesia.

Y así podríamos continuar. Yo no sé si habrá alguna vez un punto de encuentro positivo entre ellos y nosotros. Tal vez no. Pero, ¿qué podríamos hacer? Uno puede darle la razón a un necio en cuestiones banales, con tal de lograr que se calme y deje de taladrarnos el sentido con su discurseo extraviado, pero no podemos ceder en temas de fondo. Y ellos siguen, tan empecinados como nosotros.

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