Deben ser los buitres, deben ser/Carlos Oviedo
Durante los primeros años del gobierno de Juan Domingo Perón, un conocido programa de radio llamado “La revista dislocada” ponía de moda una canción cuyo estribillo decía: “Deben ser los gorilas, deben ser” La canción habría pasado desapercibida si de ella no hubiera surgido la expresión “gorila” para referirse a los opositores viscerales a Perón. Fue y es el término por excelencia para hablar de antiperonismo.
Muchos analistas dicen, con buen criterio, que peronismo y gorilismo existían desde antes de Perón. Mucho antes hubo líderes que podrían ser considerados justamente precursores de algo que se consolidó políticamente en los años peronistas: el movimiento obrero organizado.
La lucha de los años siguientes es historia conocida: una reacción empecinada en destruir los logros a cualquier precio (sería ésa una excelente manera de explicar qué es un gorila) y una militancia que los defendió con tenacidad.
La división se mantiene vigente con nuevos nombres y los mismos intereses. Un giro interesante se dio en los últimos años. Sin prisa ni pausa, vio la luz un sujeto político llamado kirchnerismo que, al decir de muchos, reencontró al peronismo con lo mejor de su historia. Más que eso. Ya no es novedad que reencontró al ciudadano común con la política. Y ese renacimiento de lo nacional y popular recrudeció la lucha, ya que una derecha escondida en un discurso pacifista y con la tranquilidad de mayorías silenciadas, se vio obligada a desenmascararse y manifestar abiertamente su odio y su desprecio. En años de “fin de las ideologías”, podíamos ver a un Mariano Grondona entrevistar cordialmente a madres o abuelas de Plaza de Mayo, por considerarlas gente que ya no afectaba sus intereses. Al no sentirse “molestado” por un tema que estaba fuera de agenda, podía decir que lamentaba lo que les había ocurrido y que con el paso del tiempo las podía entender de otra manera. Tal vez no fueran las palabras, pero sí el contenido. Hoy, con los derechos humanos como tema importante de Estado, aparición de nietos y enjuiciamiento de acusados, basta con prender el televisor para escuchar lo que dicen comunicadores como el nombrado.
En la versión actual de la puja, creo que “kirchnerismo” es más adecuado que “peronismo” para referirse a uno de los sectores. Y tal vez haga falta un nuevo nombre para hablar a quienes descienden ideológicamente de aquellos gorilas y hoy acompañan con su adhesión al discurso nuevamente belicoso de la derecha y votan por sus candidatos. Se habla mucho de “odiadores” y “cacerolos”. No creo que esos motes tengan la fuerza necesaria para representar a los que apasionadamente se oponen a que la Patria crezca en paz, el pobre reciba ayuda y el compatriota de la Patria Grande encuentre en nuestro suelo un lugar para construirse una vida mejor y educar a sus hijos. Si yo tuviera que elegir un vocablo para nombrarlos, me inclinaría por llamarlos “buitres”, al igual que ese dinero puesto al servicio de la especulación financiera. Así como el peronismo mutó en kirchnerismo, diría que los gorilas mutaron en buitres. Y la lucha por los ideales sigue su curso con avances, retrocesos, ayudas y obstáculos.
Por lo expuesto y por mucho más, cada vez que oigo un ruido de cacerolas, insultos a mansalva a colaboradores del gobierno nacional o sus adherentes y quiero figurarme su procedencia, comienzo lentamente a cantar el estribillo actualizado: “Deben ser los buitres, deben ser”.
Muchos analistas dicen, con buen criterio, que peronismo y gorilismo existían desde antes de Perón. Mucho antes hubo líderes que podrían ser considerados justamente precursores de algo que se consolidó políticamente en los años peronistas: el movimiento obrero organizado.
La lucha de los años siguientes es historia conocida: una reacción empecinada en destruir los logros a cualquier precio (sería ésa una excelente manera de explicar qué es un gorila) y una militancia que los defendió con tenacidad.
La división se mantiene vigente con nuevos nombres y los mismos intereses. Un giro interesante se dio en los últimos años. Sin prisa ni pausa, vio la luz un sujeto político llamado kirchnerismo que, al decir de muchos, reencontró al peronismo con lo mejor de su historia. Más que eso. Ya no es novedad que reencontró al ciudadano común con la política. Y ese renacimiento de lo nacional y popular recrudeció la lucha, ya que una derecha escondida en un discurso pacifista y con la tranquilidad de mayorías silenciadas, se vio obligada a desenmascararse y manifestar abiertamente su odio y su desprecio. En años de “fin de las ideologías”, podíamos ver a un Mariano Grondona entrevistar cordialmente a madres o abuelas de Plaza de Mayo, por considerarlas gente que ya no afectaba sus intereses. Al no sentirse “molestado” por un tema que estaba fuera de agenda, podía decir que lamentaba lo que les había ocurrido y que con el paso del tiempo las podía entender de otra manera. Tal vez no fueran las palabras, pero sí el contenido. Hoy, con los derechos humanos como tema importante de Estado, aparición de nietos y enjuiciamiento de acusados, basta con prender el televisor para escuchar lo que dicen comunicadores como el nombrado.
En la versión actual de la puja, creo que “kirchnerismo” es más adecuado que “peronismo” para referirse a uno de los sectores. Y tal vez haga falta un nuevo nombre para hablar a quienes descienden ideológicamente de aquellos gorilas y hoy acompañan con su adhesión al discurso nuevamente belicoso de la derecha y votan por sus candidatos. Se habla mucho de “odiadores” y “cacerolos”. No creo que esos motes tengan la fuerza necesaria para representar a los que apasionadamente se oponen a que la Patria crezca en paz, el pobre reciba ayuda y el compatriota de la Patria Grande encuentre en nuestro suelo un lugar para construirse una vida mejor y educar a sus hijos. Si yo tuviera que elegir un vocablo para nombrarlos, me inclinaría por llamarlos “buitres”, al igual que ese dinero puesto al servicio de la especulación financiera. Así como el peronismo mutó en kirchnerismo, diría que los gorilas mutaron en buitres. Y la lucha por los ideales sigue su curso con avances, retrocesos, ayudas y obstáculos.
Por lo expuesto y por mucho más, cada vez que oigo un ruido de cacerolas, insultos a mansalva a colaboradores del gobierno nacional o sus adherentes y quiero figurarme su procedencia, comienzo lentamente a cantar el estribillo actualizado: “Deben ser los buitres, deben ser”.
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