Las manos de Don Abel
Al cabo del día Don Abel sintió que se le estaba apagando un motor. Y por primera vez en su torrentosa vida, paró a pensar, pero ya sin el optimismo habitual del hombre que desde que amanece hasta que baja el sol va y viene ocupado en prácticos asuntos relacionados con herramientas, materiales y trabajos. Y como el hombre que mucho trabaja, para pensar se sienta, Don Abel se sentó. Su mujer no estaba en ese momento, ni su nieto pequeño, ni alguno de sus varios hijos.
Bajo el galpón donde hizo su taller quedó un buen rato sentado en el banquito de maderas encastradas que había fabricado para que su nietito le acompañara mientras él engrasaba alguna transmisión, atornillaba un soporte o clavaba un refuerzo a cualquiera de esas zonceras que sus vecinos le traían para que las reparara.Sentado estuvo con las dos enormes manos colgando como apéndices monstruosos en un cuerpo mediano. Las miró, girando su cabeza a un lado y al otro, como para comprobar que seguían allí. Volvió a mirarlas extrañado. Algo inusual ocurría y no sabía precisamente qué. Entendió después de un rato. Y era que al mirar sus manos no sintió el orgullo usual que guardaba por ellas. Ni por su fuerza, que no mermaba con los años, ni por sus muchas destrezas, ni por su aspecto tan cuadradamente masculino. Allí estaban suspendidas o apagadas rozando el suelo y parecían haber perdido la centralidad que siempre tuvieron en la determinación de las conductas de su dueño.
No quiso moverlas. No les ordenó aferrar un objeto, torcer un hierro, golpear una superficie, trasladar un peso o desarmar cualquier artefacto. No quiso hacer que hicieran algo.
Notó por vez primera su enorme peso y viéndolas entendió que lucían sucias, tajeadas, desafiantes, intimidantes y desencajadas del contexto. Parecían armas.
¿Qué hacía un hombre viejo con dos manos así? ¿Y porqué no envejecían?
Muy dentro de Don Abel se apagó el motor que accionaba sus manos.
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