El texto de los obispos y lo que piensa un católico
Reflexiones
de los obispos al acercarnos a la
Navidad
Creemos
en Jesucristo, Señor de la historia
Tengan
un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento…
Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás (1).
Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás (1).
El
Año de la fe que hemos iniciado nos convoca a renovar nuestra fe en el Dios
vivo y verdadero con una conciencia agradecida por el don recibido. Desde los
orígenes de nuestra nacionalidad la fe cristiana fue transmitida en el
ejercicio de la misión de la
Iglesia, en el seno de las familias y por medio de sus
proyecciones en la cultura de nuestro pueblo. Por eso, damos gracias por la fe
de tantos argentinos que, a lo largo de nuestra historia, han sido testigos del
Evangelio y ciudadanos ejemplares.
El centro de la fe cristiana es Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro hermano y nuestro Redentor que nos ha revelado el amor del Padre y nos ha comunicado el Espíritu Santo, fuente de renovación y de unidad.
El centro de la fe cristiana es Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro hermano y nuestro Redentor que nos ha revelado el amor del Padre y nos ha comunicado el Espíritu Santo, fuente de renovación y de unidad.
Al
profesar con alegría y entusiasmo la fe expresamos nuestro deseo de difundirla
y compartirla, de encarnarla en nuestra vida y en todas sus manifestaciones.
Benedicto XVI al invitarnos a celebrar este tiempo de conversión, de reflexión
sincera y de nueva adhesión al Señor nos ha recordado que la fe no puede quedar
recluida en lo íntimo del corazón, sino que tiene una dimensión pública:
requiere ser manifestada con coherencia en nuestras opciones temporales (2).
Jesucristo,
Señor de la historia, te necesitamos.
Invocamos a Jesucristo como Señor de la historia, y reconocemos que tenemos necesidad de Él, de su luz, de su perdón y de su gracia, para edificar la comunidad humana en la verdad, la justicia y el amor, según el plan de Dios. Varias veces, haciéndonos eco de una convicción ampliamente extendida, hemos afirmado que nos encontramos sumidos en una profunda crisis moral, que revela que la fe no impregna plenamente nuestro estilo de vida. Lo manifestamos en la oración que rezamos por la patria, al decir: Nos sentimos heridos y agobiados.
Esta dolorosa situación se refleja en todos los órdenes de la vida nacional. Podemos salir de ella mediante la conversión a Dios, el único Señor, abandonando el pecado y asumiendo el compromiso de cumplir sus mandamientos: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (3). Este doble mandamiento del amor inspira el ejercicio de la justicia, que es la virtud básica de la vida social.
Invocamos a Jesucristo como Señor de la historia, y reconocemos que tenemos necesidad de Él, de su luz, de su perdón y de su gracia, para edificar la comunidad humana en la verdad, la justicia y el amor, según el plan de Dios. Varias veces, haciéndonos eco de una convicción ampliamente extendida, hemos afirmado que nos encontramos sumidos en una profunda crisis moral, que revela que la fe no impregna plenamente nuestro estilo de vida. Lo manifestamos en la oración que rezamos por la patria, al decir: Nos sentimos heridos y agobiados.
Esta dolorosa situación se refleja en todos los órdenes de la vida nacional. Podemos salir de ella mediante la conversión a Dios, el único Señor, abandonando el pecado y asumiendo el compromiso de cumplir sus mandamientos: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (3). Este doble mandamiento del amor inspira el ejercicio de la justicia, que es la virtud básica de la vida social.
Queremos
ser nación.
Como señala Benedicto XVI, en este Año “será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado” (4).
Estas palabras del Santo Padre nos interpelan, especialmente cuando miramos la vida de nuestra patria. Así como hemos dado gracias por la fecundidad de la fe en Argentina, también nos sentimos movidos a un examen de conciencia, a la conversión y a una purificación del corazón.
La patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad. Un regalo que debemos cuidar y perfeccionar (5). Es esperanzador constatar que, no obstante tantas dificultades, sigue vivo en el alma de nuestro pueblo el deseo de ser nación y de construir juntos un proyecto de país.
La fe nos alienta a revisar nuestra vida personal y social a la luz de Jesucristo. Él es la Verdad que nos hace libres. El encuentro con el Señor despierta en el corazón del hombre aquellas energías espirituales y morales que necesitamos para fortalecer nuestro compromiso ciudadano. Aspiramos a ser una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.
Con todos los discípulos misioneros de Jesús en Argentina ya estamos transitando los caminos de la nueva evangelización. Como pastores renovamos nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio. Es el principal servicio que podemos ofrecerle a la sociedad argentina.
Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios, para amar a todos sin excluir a nadie.
El Hijo de Dios, al encarnarse, tomó la condición de servidor (6). En este Año de la fe, Él nos invita a ser plenamente libres, haciéndonos como Él servidores los unos de los otros, superando tanto el egoísmo, como actitudes meramente partidistas.
Todos los habitantes de nuestra patria necesitan sentirse respaldados por una dirigencia que no piense solo en sus propios intereses, sino que se preocupe prioritariamente por el bien común. “La felicidad está más en dar que en recibir” (7).
Recordamos, una vez más, que este servicio al bien común requiere una dedicación generosa a promover la dignidad de nuestros hermanos más pobres en su vida personal y familiar, para que sean protagonistas de su propio desarrollo integral. La educación y el trabajo siguen siendo los instrumentos que les permiten a las personas y a las comunidades ser artífices de su propio destino.
Los obispos argentinos, reunidos en nuestra 104 Asamblea Plenaria, hemos repasado con honda preocupación algunos síntomas de la persistencia de esta crisis moral y cultural. Compartimos algunos de ellos:
1. La dignidad de la vida desde la concepción hasta su término natural es la base de todos los derechos humanos. Reiteramos, una vez más, que el ordenamiento jurídico debe respetar el derecho a la vida.
2. La familia, fundada sobre el matrimonio entre varón y mujer, es un valor arraigado en nuestro pueblo. Anterior al estado, es la base de toda la sociedad y nada puede reemplazarla. Vemos con preocupación una corriente cultural y un conjunto de iniciativas legislativas que parecen soslayar su importancia o dañar su identidad.
3. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Tienen el derecho de que el sistema educativo no les imponga contenidos contrarios a sus convicciones morales y religiosas. Deseamos que toda la sociedad tome una mayor conciencia de la necesidad de mejorar el sistema educativo, de modo tal, que los más pobres sean sus principales beneficiarios. La necesaria preparación para la vida cívica de niños y jóvenes debe excluir la politización prematura y partidista de los alumnos.
4. Constatamos una angustia generalizada en nuestro pueblo por la vida de los jóvenes. Es enorme la cantidad de ellos que no estudian ni trabajan: ésta es una de las hipotecas sociales más desafiante para los argentinos.
5. La droga se extiende por el crecimiento del crimen del narcotráfico y la red de complicidades que lo sustentan. Pensamos que ésta es una de las causas principales de la proliferación del delito y de la consiguiente inseguridad.
6. A casi treinta años de la democracia, los argentinos corremos el peligro de dividirnos nuevamente en bandos irreconciliables. Se extiende el temor a que se acentúen estas divisiones y se ejerzan presiones que inhiban la libre expresión y la participación de todos en la vida cívica.
Como señala Benedicto XVI, en este Año “será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado” (4).
Estas palabras del Santo Padre nos interpelan, especialmente cuando miramos la vida de nuestra patria. Así como hemos dado gracias por la fecundidad de la fe en Argentina, también nos sentimos movidos a un examen de conciencia, a la conversión y a una purificación del corazón.
La patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad. Un regalo que debemos cuidar y perfeccionar (5). Es esperanzador constatar que, no obstante tantas dificultades, sigue vivo en el alma de nuestro pueblo el deseo de ser nación y de construir juntos un proyecto de país.
La fe nos alienta a revisar nuestra vida personal y social a la luz de Jesucristo. Él es la Verdad que nos hace libres. El encuentro con el Señor despierta en el corazón del hombre aquellas energías espirituales y morales que necesitamos para fortalecer nuestro compromiso ciudadano. Aspiramos a ser una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.
Con todos los discípulos misioneros de Jesús en Argentina ya estamos transitando los caminos de la nueva evangelización. Como pastores renovamos nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio. Es el principal servicio que podemos ofrecerle a la sociedad argentina.
Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios, para amar a todos sin excluir a nadie.
El Hijo de Dios, al encarnarse, tomó la condición de servidor (6). En este Año de la fe, Él nos invita a ser plenamente libres, haciéndonos como Él servidores los unos de los otros, superando tanto el egoísmo, como actitudes meramente partidistas.
Todos los habitantes de nuestra patria necesitan sentirse respaldados por una dirigencia que no piense solo en sus propios intereses, sino que se preocupe prioritariamente por el bien común. “La felicidad está más en dar que en recibir” (7).
Recordamos, una vez más, que este servicio al bien común requiere una dedicación generosa a promover la dignidad de nuestros hermanos más pobres en su vida personal y familiar, para que sean protagonistas de su propio desarrollo integral. La educación y el trabajo siguen siendo los instrumentos que les permiten a las personas y a las comunidades ser artífices de su propio destino.
Los obispos argentinos, reunidos en nuestra 104 Asamblea Plenaria, hemos repasado con honda preocupación algunos síntomas de la persistencia de esta crisis moral y cultural. Compartimos algunos de ellos:
1. La dignidad de la vida desde la concepción hasta su término natural es la base de todos los derechos humanos. Reiteramos, una vez más, que el ordenamiento jurídico debe respetar el derecho a la vida.
2. La familia, fundada sobre el matrimonio entre varón y mujer, es un valor arraigado en nuestro pueblo. Anterior al estado, es la base de toda la sociedad y nada puede reemplazarla. Vemos con preocupación una corriente cultural y un conjunto de iniciativas legislativas que parecen soslayar su importancia o dañar su identidad.
3. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Tienen el derecho de que el sistema educativo no les imponga contenidos contrarios a sus convicciones morales y religiosas. Deseamos que toda la sociedad tome una mayor conciencia de la necesidad de mejorar el sistema educativo, de modo tal, que los más pobres sean sus principales beneficiarios. La necesaria preparación para la vida cívica de niños y jóvenes debe excluir la politización prematura y partidista de los alumnos.
4. Constatamos una angustia generalizada en nuestro pueblo por la vida de los jóvenes. Es enorme la cantidad de ellos que no estudian ni trabajan: ésta es una de las hipotecas sociales más desafiante para los argentinos.
5. La droga se extiende por el crecimiento del crimen del narcotráfico y la red de complicidades que lo sustentan. Pensamos que ésta es una de las causas principales de la proliferación del delito y de la consiguiente inseguridad.
6. A casi treinta años de la democracia, los argentinos corremos el peligro de dividirnos nuevamente en bandos irreconciliables. Se extiende el temor a que se acentúen estas divisiones y se ejerzan presiones que inhiban la libre expresión y la participación de todos en la vida cívica.
Concédenos
la sabiduría del diálogo.
Toda sociedad tiene conflictos. La democracia, tal como lo refleja la doctrina social de la Iglesia, no se construye agudizándolos, sino concretando los ideales de una verdadera amistad social.
Algunas sombras nos han perseguido a lo largo de nuestra historia, que en distintos momentos han acentuado su intensidad e impedido una vigencia más plena del orden democrático. Una es el excesivo caudillismo, que atenta contra el desarrollo armónico de las instituciones, acentúa su deterioro y menoscaba la autonomía de cada uno de los poderes del estado, tanto en el orden nacional como provincial. Esto es particularmente delicado cuando se trata de la independencia del Poder Judicial.
Otra sombra es la oposición entre las visiones unitaria y federal de la nación, la cual se extendió fuertemente en los albores de nuestra patria, e intermitentemente se manifiesta en distintos momentos de la historia. Cuando en nuestra oración por la patria decimos que queremos ser nación expresamos un anhelo claramente manifiesto en nuestra Constitución. Queremos ser una nación basada efectivamente en un sistema republicano, representativo y federal.
Llegando la Navidad los argentinos debemos recordarnos la deuda pendiente de nuestra reconciliación. Se hace cada vez más necesario generar contextos de encuentro, de diálogo, de comunión fraterna que nos permitan reconocernos y tratarnos como hermanos, aborre-ciendo el odio y construyendo la paz.
El niño que María recuesta en el pesebre es el Señor de la historia. A Él volvemos a dirigirle nuestra plegaria: “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos…” A la Virgen María, Nuestra Señora de Luján, le confiamos nuestras inquietudes y ponemos en sus manos nuestras esperanzas.
Toda sociedad tiene conflictos. La democracia, tal como lo refleja la doctrina social de la Iglesia, no se construye agudizándolos, sino concretando los ideales de una verdadera amistad social.
Algunas sombras nos han perseguido a lo largo de nuestra historia, que en distintos momentos han acentuado su intensidad e impedido una vigencia más plena del orden democrático. Una es el excesivo caudillismo, que atenta contra el desarrollo armónico de las instituciones, acentúa su deterioro y menoscaba la autonomía de cada uno de los poderes del estado, tanto en el orden nacional como provincial. Esto es particularmente delicado cuando se trata de la independencia del Poder Judicial.
Otra sombra es la oposición entre las visiones unitaria y federal de la nación, la cual se extendió fuertemente en los albores de nuestra patria, e intermitentemente se manifiesta en distintos momentos de la historia. Cuando en nuestra oración por la patria decimos que queremos ser nación expresamos un anhelo claramente manifiesto en nuestra Constitución. Queremos ser una nación basada efectivamente en un sistema republicano, representativo y federal.
Llegando la Navidad los argentinos debemos recordarnos la deuda pendiente de nuestra reconciliación. Se hace cada vez más necesario generar contextos de encuentro, de diálogo, de comunión fraterna que nos permitan reconocernos y tratarnos como hermanos, aborre-ciendo el odio y construyendo la paz.
El niño que María recuesta en el pesebre es el Señor de la historia. A Él volvemos a dirigirle nuestra plegaria: “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos…” A la Virgen María, Nuestra Señora de Luján, le confiamos nuestras inquietudes y ponemos en sus manos nuestras esperanzas.
104ª
Asamblea Plenaria
Año de la Fe. Adviento 2012
Año de la Fe. Adviento 2012
_________________
1.
Flp
2,2.4
2. Benedicto XVI, Porta fidei 10
3. Mc 12,30-31
4. Benedicto XVI, Porta fidei 13
5. Cf. CEA, Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad 11
6. Cf. Flp 2,7
7. Hch 20,35
2. Benedicto XVI, Porta fidei 10
3. Mc 12,30-31
4. Benedicto XVI, Porta fidei 13
5. Cf. CEA, Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad 11
6. Cf. Flp 2,7
7. Hch 20,35
Veamos algunos puntos que nos
parecen entre discutibles y canallescos. Y que conste que quien suscribe esto,
Ricardo Antonio López, es padre y católico.
Varias veces, haciéndonos
eco de una convicción ampliamente extendida, hemos afirmado que nos encontramos
sumidos en una profunda crisis moral, que revela que la fe no impregna
plenamente nuestro estilo de vida. Lo
manifestamos en la oración que rezamos por la patria, al decir: Nos sentimos
heridos y agobiados.
Heridos
y agobiados, nuestros obispos, haciéndose
eco de una convicción ampliamente extendida, expresan sin aclarar en qué
ámbitos rige tal convicción y si tiene, dicha convicción, las bases de
sustentación apropiadas y cuáles son. Por una crisis moral, es decir, por una
inmoralidad o desvío de la moral creciente que nos estaría aquejando a los
argentinos. Es la introducción de hábiles argüidores para un cuadro de
situación que se detalla luego y que pretende demostrar que nos estamos yendo
redondamenente al infierno. Yo también, luego de leer el documento de los
obispos, me siento herido y agobiado, pero por otras razones, que verán más
adelante.
La familia, fundada sobre
el matrimonio entre varón y mujer, es un valor arraigado en nuestro pueblo.
Anterior al estado, es la base de toda la sociedad y nada puede reemplazarla.
Vemos con preocupación una corriente cultural y un conjunto de iniciativas
legislativas que parecen soslayar su importancia o dañar su identidad.
Aquí
está uno de los motivos que los obispos hallan para decir que existe una
profunda crisis moral en La Argentina. Pues
se han autonombrado los guardianes y definidores de la familia, no tolerando
que seres humanos con identidades sexuales diferentes (por razones biológicas y
sociales) la formen. Lamento informar a los obispos católicos argentinos que no
son guardianes de la institución familia ni absolutamente nadie les ha
investido de tal cargo. No están autorizados por mandato legal o social alguno
a discriminar, atacar, menospreciar o descalificar a 2 individuos de cualesquiera
inclinación sexual cuando deciden formar familia. No pueden, no deben, es
irritante que lo hagan, no lo necesitamos. Está demás. No les reconocemos
autoridad de ningún tipo para ejercer estas acciones.
Los padres son los
primeros responsables de la educación de sus hijos. Tienen el derecho de que el
sistema educativo no les imponga contenidos contrarios a sus convicciones
morales y religiosas. Deseamos que toda la sociedad tome una mayor conciencia
de la necesidad de mejorar el sistema educativo, de modo tal, que los más
pobres sean sus principales beneficiarios. La necesaria preparación para la
vida cívica de niños y jóvenes debe excluir la politización prematura y
partidista de los alumnos.
Hablan
en nombre de los padres. Nuevamente será
necesario aclarar a los obispos que no tienen autorización de ningún tipo para
abogar por grupo social alguno desde una posición excluyente que no reconoce
posibilidad de error. Yo, como padre católico, no doy permiso ni derecho a
los obispos de mi iglesia para
dictaminar, adoctrinar, calificar o descalificar en asuntos que son
responsabilidad íntima de los individuos, no de corporaciones, agremiaciones o
grupos de gente que no representa más que a las personas que los integran. No son los obispos católicos los que estén en
posición de señalar cuáles derechos tenemos. Somos los padres quienes decidimos
(en la medida de nuestras fuerzas) esos derechos (debe constar que el estado
dictamina esos derechos en representación nuestra y que de hacerlo
incorrectamente, luego seremos nosotros mismos, los ciudadanos, quienes
interpondremos los recursos para que nuestra voluntad sea cumplida). En particular (y creo expresar el sentimiento
de varios) no preciso que los obispos ni otro grupo de personas me señale
cuáles son mis derechos respecto de lo que el sistema educativo emprenda en el
empeño de instruir a mis hijos. No soy
persona ignorante en extremo como para no comprender esos derechos e ir tomando
conciencia de ellos conforme crezco como persona dentro de una sociedad. Me
irrita además la postura de tutores de la civilidad que trasunta este tipo de aseveraciones. Lejos ha
quedado la Edad Media.
Ya la cúpula eclesiástica no es propietaria exclusiva de la instrucción. Todos
y cada uno de los padres argentinos, no importa cual sea su religión, está en
posición de decidir acerca de sus derechos de padres frente al sistema
educativo. Deben abandonar, los obispos católicos, la pretensión de ser un
grupo esclarecido capaz de decirle al resto lo que debe y lo que no debe ser.
La conciencia y apreciación que cada uno tiene de sus derechos, son propios e
intransferibles. No serán los obispos católicos los que nos enseñen al
respecto. Elaboraremos esa conciencia de modo propio, de acuerdo a nuestro leal
saber y entender.
Luego
se refieren a que “La necesaria preparación para la vida cívica de niños y jóvenes debe
excluir la politización prematura y partidista de los alumnos.” Es el punto que en realidad les interesaba
resaltar y se refiere, más allá de toda duda razonable (y que alguien lo
desmienta si cree estar frente a persona incapaz de leer entre líneas), a la
supuesta acción intraescolar de la agrupación política conocida como La Cámpora.
¿Quiénes deciden dónde comienza la politización
prematura y partidista de los alumnos? Indudablemente, ellos mismos, los
obispos. Habrán formado reunión donde decidieron desde qué edad y grado escolar
se considera que el niño es prematuramente
politizado, con obvias intenciones partidistas. Ninguna edad es precoz para
que el niño comience a comprender que vive en un medio social democrático donde
ciertas personas obtienen periódicamente el poder político a partir de unos
eventos llamados elecciones libres,
correligionarios obispos. Ustedes (junto a muchos otros) han desarrollado un
mal gusto por lo que la palabra política representa y tal vez por ello en
épocas anteriores de la patria (nada lejanas) aceptaron y justificaron que
grupos armados tomaran el control de la cosa pública, considerando que la
política había fracasado y resultaba imprescindible recurrir a tutores, aunque
fueran tutores violentos. Desde luego que esto que estoy formulando es un
cargo, no solo contra los obispos de mi religión católica sino contra la mayor
parte del clero. Un cargo frente al cual callan pues no hay defensa posible. ¿O
no es claro que han sido tan criminales los que secuestraron, torturaron y
asesinaron a miles de argentinos como los que bendijeron su causa innoble y
bastarda, para nada religiosa, por su índole cobarde y sangrienta? ¿Cuándo
oiremos autocrítica del clero respecto a lo actuado durante las dictaduras
militares? ¿Comprenderán los obispos católicos el porqué de su inhabilidad para
referirse a politizaciones prematuras y
partidistas de los alumnos?
Constatamos una angustia
generalizada en nuestro pueblo por la vida de los jóvenes. Es enorme la
cantidad de ellos que no estudian ni trabajan: ésta es una de las hipotecas
sociales más desafiante para los argentinos.
Una
angustia generalizada, dicen, por la vida de los jóvenes. No siento
esa angustia, ni creo que existan masas crecidas de jóvenes que no estudian mi
trabajan. Al parecer están viendo un país que existió durante los años
horribles del menemismo y que reventó
(literalmente) en esos 2 días trágicos del 2001 cuando 30 y pico de muchachos
dieron sus vidas en revuelta popular callejera para que la historia torciera su
rumbo. Tal vez entonces no lo estuvieran viendo. Yo lo estuve viendo. Y ahora
no lo veo. Estaremos mirando 2 realidades distintas.
6. A casi treinta años de la democracia, los argentinos corremos
el peligro de dividirnos nuevamente en bandos irreconciliables. Se extiende el
temor a que se acentúen estas divisiones y se ejerzan presiones que inhiban la
libre expresión y la participación de todos en la vida cívica.
Concédenos la sabiduría
del diálogo.
Esperemos no dividirnos tan gravemente. Y si sucede ya colegimos en cual bando militarán los obispos católicos
argentinos. No en el nuestro. No en el del pueblo. ¿Con quién deberemos
reconciliarnos los que estamos a favor de las políticas gubernamentales del
kirchnerismo? ¿Con los que dicen puta a nuestra presidente y le desean la
muerte? Yo no. No tengo el menor interés de reconciliarme con gente violenta. Y
no voy a poner la otra mejilla. No correligionarios obispos. Si quieren llamar
a la reconciliación, predíquenle la palabra a Cecilia Pando y similares. Ellos
hacen apología del delito. Nosotros no. Y, ¿de qué presiones que inhiban la
libertad de expresión hablan? Nunca existió en este país tanta libertad para
que cada uno pueda decir lo que se le ocurra. La prueba está en cada editorial,
en cada comentario de lectores, en cada pancarta opositora. ¿Quién,
concretamente, vio avasallada su libertad de expresión en La Argentina? ¿Cuáles
estadísticas citan a favor de esto?
Algunas sombras nos han
perseguido a lo largo de nuestra historia, que en distintos momentos han
acentuado su intensidad e impedido una vigencia más plena del orden
democrático. Una es el excesivo caudillismo, que atenta contra el desarrollo
armónico de las instituciones, acentúa su deterioro y menoscaba la autonomía de
cada uno de los poderes del estado, tanto en el orden nacional como provincial.
Esto es particularmente delicado cuando se trata de la independencia del Poder
Judicial.
Si
quieren hablar de sombras, bueno sería que se citaran la principal de ellas, la
sombra de la gorra militar. Pero ya vemos que esa sombra mejor ha parecido un
refugio que un oprobio, para el clero, cuando se estuvo proyectando. Lo de excesivo caudillismo ya parece un
ejercicio muy extraño de pensamiento. ¿Y cuáles son, en este tiempo, los caudillismos excesivos? No hablan claro,
pues es su forma de expresión favorita. Temen que de hacerlo alguien señale que están
incursionando en asuntos terrenales. Como si de verdad no lo hicieran. Y
siempre lo han hecho. Pero con una media palabra que oculta el real pensamiento
político que mantienen y sostienen, que no es otro que el de la derecha
reaccionaria. Y si lo de la independencia del poder Judicial no se refiere a lo
del Grupo Clarín, entonces ya mismo me retiro de la discusión y me declaro un
completo y total estúpido.
Llegando la Navidad los argentinos
debemos recordarnos la deuda pendiente de nuestra reconciliación. Se hace cada
vez más necesario generar contextos de encuentro, de diálogo, de comunión fraterna
que nos permitan reconocernos y tratarnos como hermanos, aborre-ciendo el odio
y construyendo la paz.
De nuevo la reconciliación. Entenderán, si quieren, que los del Campo Nacional y Popular no buscamos ni queremos reconciliación con los verdugos, cómplices, admiradores y seguidores del asesinato a nombre del estado. Hablaremos, dialogaremos, discutiremos, con gente de buena voluntad. Con violentos y sostenedores de la violencia, no. Con destituyentes tampoco. Bien simple y claro.
De nuevo la reconciliación. Entenderán, si quieren, que los del Campo Nacional y Popular no buscamos ni queremos reconciliación con los verdugos, cómplices, admiradores y seguidores del asesinato a nombre del estado. Hablaremos, dialogaremos, discutiremos, con gente de buena voluntad. Con violentos y sostenedores de la violencia, no. Con destituyentes tampoco. Bien simple y claro.
Y
va siendo hora que los obispos católicos elaboren documentos en donde, en lugar
de adoctrinar y sentenciar, se confiese aquiescencia pasada para con la
violencia estatal represiva y se solicite, humildemente, el perdón por los
pecados cometidos. Y esto corre para obispos, cardenales, monjas y curas que en
su momento vieron con buenos ojos que un grupo de gente armada dispusiera violentamente
de la vida y los bienes de todo argentino que no pensara al modo de ellos.
Personalmente
considero que esto jamás ocurrirá. Al fin y al cabo, creen pertenecer a una
categoría de gente con una condición de pensamiento infalible que ha obtenido
de una vez y para siempre el saber moral. Lejos están de eso. Nosotros también,
pero al menos somos concientes de ello.
Muy
difícil ser católico en estos días. Con este personal y estos documentos, una
hazaña de la fe.
"Aspiramos a ser una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común."
ResponderEliminarPara poner de manifiesto la mentira constituida por la jerarquía del catolicismo en Argentina, nada mejor que esa expresión hipócrita y falsa.
Dejando de lado la emisión de juicio alguno sobre la fe católica sincera y honesta, he visto luchar, sufrir y jugarse a muchos sacerdotes cuyo amor por el prójimo es la mejor muestra de su amor por Dios. También he visto a la indigna jerarquía hacerse a un lado y no sólo negarse a contribuir con ellos sino también ayudar a tenderles celadas que a muchos les costó la vida.
Siempre comprometida e identificada con el poder económico, propulsora de dogmas y temores universales, hoy "anticipa" su mensaje mentiroso y ruega porque el 7 de diciembre caigan bombas sobre la Casa de Gobierno tal cual sucedió el 16 de Junio de 1955 y que la "reserva moral" de la Patria vuelva a rescatarnos de las garras infames de este populismo que, al reverdecer, le ha brindado un nuevo sentido a la vida de millones de argentinos.
Son infames y cómplices de toda infamia y el próximo paso de nuestro Gobierno debería ser presentar un proyecto para separar del Estado Argentino a esa banda de mercaderes de la fe de una vez por todas.
¡Faltan 7 días para el 7 de diciembre!
Saludos
Tilo, 71 años
¡Excelente y condigna réplica a ese libelo eclesiástico que avergüenza y repugna al sentido común!!! Los jerarcas de la Iglesia Católica no tienen la más mínima autoridad moral, ética y humana, para cuestionar absolutamente nada. Su vergonzosa complicidad con la dictadura genocida, su escandalosa corrupción interna -que permiten y amparan- y su hereje bastardeo del mensaje cristiano,los desnuda definitivamente. No soy creyente, pero felicito calurosamente al católico autor de esta contundente réplica!!!.
ResponderEliminarESTIMADO RICARDO LOPEZ...COINCIDO CON TU APRECIACIÓN SOBRE EL MENSAJE PASTORAL, PERO SI DEBO CRITICARTE ALGO CON TODO AFECTO ES EL GASTO DE TIEMPO Y TIPEO QUE LE DEDICASTE.
ResponderEliminarNO MERECEN ESTAS LACRAS CON JERARQUÍA ECLESIÁSTICA QUE UN TIPO COMO VOS, DE BUENA MADERA, PIERDA UN MINUTO DE SU TIEMPO REFUTANDO LAS VERGONZOSAS FALSEDADES QUE CON SU VIEJA Y PROVERBIAL IMPUNIDAD LA IGLESIA DERRAMA SOBRE SU REBAÑO Y REBAÑOS AJENOS A SU DOMINIO.
DE HECHO, NO SOY CREYENTE DE ESA FE, NI DE NINGUNA OTRA.
DE MODO QUE SÓLO ESCRIBO ESTAS MODESTAS REFLEXIONES POR AFECTO A VOS COMO COMPAÑERO QUE SE TOMÓ A MI CRITERIO UN TRABAJO EXCESIVO QUE NO MERECEN ESTOS PERSONEROS DE LA MENTIRA Y LA IMPOSTURA.
TE MANDO UN ABRAZO FRATERNO Y TE DESEO LO MEJOR.
ALBERTO.