“La justicia consiste, por ejemplo, en patear la cabeza de un pibe tirado en el piso.”

 “Está mal, pero…”, es lo que venimos escuchando por los medios respecto a linchamientos.

“Todo lo que quieras, pero la gente está harta de inseguridad”, te descerraja otro en el centro de tus registros morales , como queriendo demostrarte que la compasión, los frenos que la cultura impone al instinto, la clara e inmediata percepción de lo bueno y lo malo, todo lo que suele producir mejores personas, no está del todo mal, pero de hecho es derogado cuando “la gente se harta”.

Y otra vez “la gente”. Esta categoría se ha transformado en un comodín que suple las buenas cartas cuando se opina desde los sectores menos civilizados de nuestra sociedad. Le sirve decir “la gente”  a Mirtha Legrand para sospechar públicamente las peores canalladas, le sirve a los panelistas de espectáculos que analizan la realidad y le sirve también a palurdos como Sergio Massa para quitarle algunos votos al desgastado Macri.

“La gente”, dicen, e intentan dar por sentado que hablan de una firme y sólida mayoría, pero resulta que “la gente” que ahora anda inquieta por patear cabezas de pibes chorros (o que parezcan serlo) no pertenecen a ninguna mayoría, sino a un pequeño sector de neandertales (suponiendo que los neandertales hubiesen sido así de primitivos y peligrosos).

Está tomando lugar entre los argentinos un intento de subvertir la racionabilidad en favor de una percepción extremista de la realidad. Desde los medios se colabora bastante en este sentido, cuando quieren imponerte que “…hay o se está dando un debate nacional sobre los linchamientos”. No puede haberlo. Sobre ciertas cosas no hay, no puede haber debate. Porque debatiendo unos terminarán poniéndose a favor y otros en contra. Y no puede darse chance al horror. Vos podés informarte, opinar, pero cuando en el marco teórico le das chance al linchamiento a convertirse en en una realidad potencialmente permisible, estás dándole ganada la batalla. Supongamos que en un grupo de discusión –formal o informal- te encontrás con un militante pro linchamiento y supongamos que vos iniciás una discusión con esa persona. Creés, sin duda, que estás dándole palos a esa despreciable táctica fascista. Lamentablemente no es así. Lo que estás haciendo es otorgarle una categoría de respetabilidad a una noción retrógrada e inhumana. La persona que defiende el linchamiento no debe ser interpelada, no debe ser respondida, no puede ser elevada a interlocutor válido. Yo no discuto con un pederasta su supuesto derecho a gozar del sexo con niños, tampoco me sentaría a discutir con un hombre que maltrata a su mujer y a sus hijos. No daría a un nazi la posibilidad de intercambiar opiniones sobre la matanza de judíos. No otorguemos al indigno la chance de exhibir su mugre y nos utilice como instrumentos de su propaganda pervertida. Que continúen recluidos en los bajos fondos de la reacción miserable que representan.

Y no olvidemos que quien interpone “peros”  al horror, está yendo subrepticiamente a justificarlo. De eso, en fin, se trata el fascismo, de  justificar los medios en función de los fines. El fin, en este caso, sería reducir la inseguridad. Uno de los medios, el linchamiento público del criminal. Luego, el resto de los criminales se asustaría reduciendo su nivel de criminalidad. Así de infantil es la teoría. Y no funciona. Los otros criminales no se asustan. Lo más posible es que radicalicen sus actos y más crueldad y saña sea vista a partir de aquí.

No importa cómo inmediatamente siga la cuestión. Se desinflará y concluirá en el mediano plazo, como otros zarpazos de una Argentina residual que sigue produciendo mugre aún desde su lecho de muerte. Tarde o temprano los neandertales masacrarán un par de inocentes, o más, y algunos caerán presos por ser asesinos de la peor categoría. Sí terminará este aventura cruel de la que tantos compatriotas parecen disfrutar.

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