El globo no es como la pelota/Ricardo Antonio López
El cruel despertar de muchos argentinos respecto de la falsa fachada de honestidad del PRO es de lo más inesperado. Sinceramente creí que estos compatriotas vivirían por siempre convencidos de estar siguiendo a un grupo de dirigentes más inocentes que un Teletubi, como si dijéramos una compañía de boy scouts metidos en la política con toda la noble misión de transformarla para que dejara de ser el siniestro reducto de la degenerada corruptela kirchnerista (se sabe que los K inventaron la corrupción). De pronto, el rostro rasurado, regordete y rosado de Niembro ya no es el de un showman del periodismo deportivo cansado de tanta mugre populista que se arremanga y se anima a entrar en la jungla democrática, un poco apretando sus narices y otro poco pontificando con discursos que ensalzan las virtudes súper decentes del líder Mauricio y el evangelio de una nueva política de manos limpias. Niembro pasó de ser el viejito bueno, conservador, decente, amonestador, exitoso y bien hablado que todo porteño desea para encabezar la lista de diputados, a ser el descarado corrupto mentiroso que se embucha millones a través de una empresa trucha. Y esto en una semana. Nunca se habrá visto una caída tan brusca de prestigio para una figura pública.
Que esto le ocurra al candidato estrella de la lista legislativa del PRO ya es grave, pero el tema es que, como suele decirse: “La culpa no la tiene el chancho, sino el que le da de comer”. Aquí, el mismísimo sagrado nombre de Macri está en problemas. Y por primera vez en una década, más de un porteño de derechas mira con cierta desconfianza al intrépido bailarín triunfal. Es tan grosera la asignación de pagos, tan inverosímiles las defensas y tan gruesos los pagos, que es sencillo deducir (aún para un simpatizante sincero del PRO) que la operatoria corrupta debió contar con el visto bueno del exitoso empresario que intenta llegar a presidente de todos los argentinos.
Niembro era ya muy incómodo para los que operan en favor de la caída del kirchnerismo. No un sapo que se traga y punto: una manada de sapos lanzados en tropel, si tal fenómeno fuera posible del mundo animal. Hasta Lanata pidió que lo echaran. Que lo echaran, ¿se entiende? No importa que haya sido del riñón: ya no lo es. Transformado en piantavotos debía ponérsele en órbita de una sola patada. Era el consejo (u orden) que Macri no estaba dispuesto a seguir. En tren de solucionar el problema, la primera táctica macrista para esquivar todo problema falló. Se callaron y falló. Fingiendo que el problema no existía, el problema creció, pues por primera vez el silencio periodístico en torno de la agrupación porteña se hizo grito de disgusto. Ahora es un megaquilombo que extinguió con las esperanzas amarillas (lejanas, cierto, pero algo sustentables por la flojera de Scioli como candidato). Tanto hablar de honestidad al fin les resultó en contra.
Una sola vía quedaba para disminuir el daño y las presiones para que dé el paso al costado se hicieron más intensas en tanto los días siguieron pasando y el escándalo creció ramificándose y derivando en desaveniencias internas y merma de votos. Verdaderamente, el que filtró la información detonó una eficiente bomba de caca en el corazón del globo amarillo, que demostró no ser repelente de manchas, como la famosa pelota del Diego.
En raro movimiento contra cíclico, el golpe de muerte para las aspiraciones de Macri llegaron por la vía que los opositores habían destinado para liquidar al kirchnerismo: el escándalo mediatizado de casos de corrupción.
Que esto le ocurra al candidato estrella de la lista legislativa del PRO ya es grave, pero el tema es que, como suele decirse: “La culpa no la tiene el chancho, sino el que le da de comer”. Aquí, el mismísimo sagrado nombre de Macri está en problemas. Y por primera vez en una década, más de un porteño de derechas mira con cierta desconfianza al intrépido bailarín triunfal. Es tan grosera la asignación de pagos, tan inverosímiles las defensas y tan gruesos los pagos, que es sencillo deducir (aún para un simpatizante sincero del PRO) que la operatoria corrupta debió contar con el visto bueno del exitoso empresario que intenta llegar a presidente de todos los argentinos.
Niembro era ya muy incómodo para los que operan en favor de la caída del kirchnerismo. No un sapo que se traga y punto: una manada de sapos lanzados en tropel, si tal fenómeno fuera posible del mundo animal. Hasta Lanata pidió que lo echaran. Que lo echaran, ¿se entiende? No importa que haya sido del riñón: ya no lo es. Transformado en piantavotos debía ponérsele en órbita de una sola patada. Era el consejo (u orden) que Macri no estaba dispuesto a seguir. En tren de solucionar el problema, la primera táctica macrista para esquivar todo problema falló. Se callaron y falló. Fingiendo que el problema no existía, el problema creció, pues por primera vez el silencio periodístico en torno de la agrupación porteña se hizo grito de disgusto. Ahora es un megaquilombo que extinguió con las esperanzas amarillas (lejanas, cierto, pero algo sustentables por la flojera de Scioli como candidato). Tanto hablar de honestidad al fin les resultó en contra.
Una sola vía quedaba para disminuir el daño y las presiones para que dé el paso al costado se hicieron más intensas en tanto los días siguieron pasando y el escándalo creció ramificándose y derivando en desaveniencias internas y merma de votos. Verdaderamente, el que filtró la información detonó una eficiente bomba de caca en el corazón del globo amarillo, que demostró no ser repelente de manchas, como la famosa pelota del Diego.
En raro movimiento contra cíclico, el golpe de muerte para las aspiraciones de Macri llegaron por la vía que los opositores habían destinado para liquidar al kirchnerismo: el escándalo mediatizado de casos de corrupción.
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