Que salga bien/Ricardo Antonio López

No lo debe saber, sumergido en la correntada de una campaña presidencial que para muchos es la prueba final que determinará la fortaleza real de este peronismo llamado kirchnerismo. No puede saberlo, entre la formidable complejidad de una sociedad como la nuestra. Para él debemos ser un número algo incógnito y poco definido, amenazantemente grande en momentos de debilidad y mínimo cuando el optimismo crece, al vaivén de los números poco creíbles de las encuestas. Sin embargo debería saberlo, que para nosotros él no es el adversario que de algún modo oculto le quitó a Randazzo la posibilidad de ser presidente y encarar la segunda etapa del proyecto. No es un adversario. Dejó de serlo. Porque antes que cualquier otra cosa, somos gente práctica desprovista de fanatismos pelotudos en que unos funcionan como seres positivos y el resto como símbolos vivos del mal.

No hace falta que se nos explique que lo que Daniel Scioli haga una vez en ejercicio presidencial determinará el avance venturoso o el retroceso ruinoso de uno de los períodos mejores de la historia nacional. Entonces, ante la necesidad vital del éxito de la gestión sciolista por venir, no podemos ser los que aguardemos por el fracaso de quien no quisimos en el cargo pero llegó igualmente, alentado por vientos que no podemos ni queremos explicar mucho.

El fracaso de Scioli (un fracaso que solo podría ser posible si se aparta demasiado del camino señalado por sus predecesores Néstor y Cristina) nos devolvería al 90 % de los argentinos a un estado de tristeza causado por la ruina de la economía a manos de viejos modelos diseñados para ajusticiar a la mayor cantidad de gente posible. Ese fracaso actuaría de un modo tan grave sobre los tejidos sociales de la nación y provocaría un daño tan grave a la autoestima de un pueblo recién salido del infierno liberal, que solo un argentino muy enfermo podría desearlo. No hay cosa que estemos deseando menos que el día de mañana estar en posición de decirle al resto de los compañeros: “Se lo habíamos advertido”.

Aun así, estamos llenos de reservas. No podemos evitarlo.

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