$6 ¿Para qué? – 2ª Parte, por Pridiliano Matías Ezequiel Arizábal Crocce Hughes


Días antes de pasar a la ilegalidad el patricio Arizábal pasó por la redacción del blog a dejarnos la segunda parte de unas reflexiones suyas acerca del dinero que los argentinos necesitamos para vivir cada día; como suele suceder, su llegada causó una pequeña conmoción entre el personal, de claras  tendencias revolucionarias filo chavistas; la costumbre de Arizábal de llevar siempre a su lado a un paisano cuya misión es cebarle mate continuamente, a perpetuidad, además de un escribiente presuroso que registra cada una de sus palabras y una cohorte de compinches de similar extracción social, conforma de por sí un show llamativo; en esta última ocasión, Pridiliano y su banda protagonizaron un mitín del cual fuimos involuntarios participantes. Hubo un discurso evocativo de la figura del Gral. Roca a cargo de uno de los jóvenes conservadores, reparto de panfletos incendiarios que hacían centro en la figura presidencial, donación de un busto de Bernardino Rivadavia (“para que la línea crediticia nunca falte a vuestro humilde emprendimiento”, según dijo Pridiliano al director del blog, el atribulado Sr. López, que procuraba evitar una batahola entre los seguidores del patricio y su propio personal, soliviantado ante tanto despliegue reaccionario), además de la bendición de las instalaciones por parte de un curita ultra montano que suele ser parte de esta comitiva y su promesa de regresar pronto para la práctica de un exorcismo que liberara a nuestros espíritus de la influencia demoníaca de las ideologías apátridas de izquierda. Al cabo los conservadores se marcharon, no sin antes dejar unos billetes en la mesa de entrada, una limosna por demás insultante “para que se compren algo de comida”, según aclararon al depositarla.
Pero vamos al artículo en cuestión, una pieza de lo más irritante.

Acudo al claro ejemplo de los gloriosos antepasados, padres fundadores de la raza y patria, en el deseo de esclarecer tan polémico asunto que en estos días ocupa tanto a los agentes del terrorismo internacional enquistados en la Casa Rosada (chavo castristas sanguinarios que torturan  liberales en las catacumbas bajo la ciudad), como a los preclaros aunque un poco disminuidos defensores de la fe verdadera.

Tiempos envenenados de ponzoña igualitaria que fomenta en los infelices el iluso aliento de considerarse parejos con los mejores, cuando la genética y la cuna los pone en los arrabales de la sociedad; época infausta donde el ayer sumiso peón pretende ya agremiarse, blanquearse y no se cuántos viles arses más; pasaje innecesario de la historia en que la tradicional autoridad patricia tambalea y el pueblo amaga con la insubordinación, atreviéndose a  las más repudiables hazañas (¿o no es canallesca actitud aquello de concurrir escasamente a la Rural, como si el vulgo no sintiera como antes la fascinación de ver y reverenciar lo que la clase dominante pergeña tranqueras adentro?).

Acaso la falta de ejemplos rectos durante los años tiernos origine la confusión entre los míos. Digo que en lugar de preguntarse  por cuánto dinero necesitan  los pobres para sobrevivir el día a día, mejor cabría averiguar si es que el humilde necesita en absoluto del dinero. En cuanto a mí, las dudas al respecto nunca existieron, pues de mis mayores supe que el dinero y la pobreza son pésima combinación.

Padre, tíos y abuelos sostuvieron tierra y hacienda sin jamás ponerse a pensar cuánto dinero necesitaban los peones para sobrevivir. ¿Es difícil entender que la peonada está mejor privada del vil metal? Mi padre supo manejar abundante peonada sin echar jamás una mano al bolsillo. Época feliz.

¿Para que se envenena el alma simple del pobre con plata? ¿Qué saca el pobre de atiborrar su ropero con vestimenta que no se aviene con su condición social? ¿Gastará el dinero en una educación destinada al fracaso, desde que las clase popular (y esto halla comprobación científica) no logra ni en el mejor de los casos elevarse en su nivel de aprendizaje más de lo observado en pulpos y orangutanes? ¿Visitará, con su “dinero bien ganado” los centros culturales que en Europa dan gratificación a los espíritus superiores? ¿Aprenderá a degustar la comida de chef? ¿Comprará abonos del Teatro Colón? ¿Accederá a la compra financiada de mejores genes?

Nada más ridículo que pagar sueldo al peón; baste con asegurar que no perezca de hambre junto a la prole numerosa. De ese modo se garantiza la sagrada disciplina social y las turbias aguas de la rebeldía popular se mantienen encauzadas.

Comentarios