Mauricio no parece real
No encuentro un ejemplar más interesante para le reflexión política que este Mauricio Macri; personalmente nunca he visto alguien tan inusitado, raro, difícil de explicar, tan sin gollete, como decíamos en el barrio.
Con decirle gorila, facho, elitista, no alcanza, desde que esas categorías son multi abarcativas, inespecíficas e impersonales; se aplican a infinidad de individuos sin dar cuenta de las circunstancias personales.
Macri es más; en el fondo, un actor, creo; habla un discurso pre diseñado dirigido a un público imaginario, unos Cacho y María que -según la fe PRO- en el 2015 lo llevarían en andas a la Casa Rosada mientras la odiada Cristina Fernández escapa por los fondos.
Y si el sujeto actúa, es más complejo de lo que parece.
Aunque todo político tiene rasgos histriónicos, en Macri se nota un extremismo de la actitud. Más parece un animador de circo, su cara visible, presentando una tras otra las performances que su público quiere ver. O un pastor falsamente evangelista que machaca en los temores y locas esperanzas de la grey sin perder de vista el objetivo real, que es el diezmo.
Es el último y mejor de los noventistas; tiene el brillo de la plata, la facha y el poder, la chapa del éxito electoral; Copas Libertadores e Intercontinentales hacen la base de su fama de porteño ganador; la desfachatez del tipo que se anima a cantar en inglés de imitación las canciones que iluminaron su juventud le da la frescura loca que los seguidores buscan en el líder; la facilidad con que se saca la responsabilidad por sus actos entusiasma a quienes siguen participando del post modernismo menemista, esa “patriada” que tan bien lavó los sentidos morales de una parte grande de la comunidad.
Es un collage, un montaje de clichés derechistas.
Tiene plata, tiene facha, tiene poder, no se hace cargo y para colmo de bienes oficia de rebelde anti sistema, un cruzado liberal en dura lucha con el absolutismo revanchista montonero. ¿Qué más puede pedírsele a un candidato de la derecha argentina? Está hecho a medida, perfecto en su inutilidad para todo lo que al ejecutarse implique cambios sociales efectivos y positivos. Y no me refiero a la inutilidad del individuo Mauricio Macri como una discapacidad del entendimiento o torpeza de las habilidades de ejecución, sino a la lógica conservadora (inmovilista) del relato social que representa.
Macri no es inoperante, no para su sector; se limita a efectuar las acciones que aseguran la conservación de un orden viejo y muy beneficioso para ciertas minorías; estas acciones no son muchas ni muy variadas: control social, desaliento de la prosperidad en las mayorías y limitación al surgimiento de nuevos derechos para la gente común. No hace falta más para gobernar al estilo antiguo.
No caben dudas. Su acceso a la jefatura de gobierno CABA es desastroso para la sana evolución de la ciudad -en lo material y en lo ético-, un hecho horrible para la mejora de las prácticas de desarrollo del instinto democrático, cuyo origen no debe estar muy lejos de la tendencia de muchos porteños a considerarse algo esencialmente distinto y mejor con respecto a los demás argentinos.
Pero también Mauricio Macri es el último de los mohicanos, un cruzado defensor de “divisas ya desmerecidas” (El Orejano) que marcha a la cabeza del resto de los alucinados, entre cantos, bailes, globos, escuchas ilegales, derrumbes y prohibiciones rumbo a la derrota primera y final, a mano de gente real como nosotros.
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