Insalubridad pública
La gente menos sospechosa
desenvaina en el transcurso de pacíficas charlas los argumentos políticos más
amargos. Y lo hacen con una paz, un convencimiento, una naturalidad…
En cualquiera de los temas
instalados en la gran discusión nacional oímos, aparte de la palabra interesada
de periodistas, intelectuales y políticos, al individuo tan del llano como
nosotros mismos, gente con la que compartimos origen social, tipo de educación
y espacio vital.
Y lo que oímos de estos
compañeros de clase suena como un eco en una cancha de fútbol llena de público,
un reflejo visto sobre un pedazo de cartón, o un pié pequeño metido en una bota
nº 45, es decir, fuera de orden y lógica.
Todo tema que forme parte de
la polémica general les sirve como territorio de atropello conceptual.
Si surge el voto a los 16 no
falta el que dice: “Que voten, pero que sean vivos. No porque les regalan una netbook van
a ir a hacerles el juego…” O cosa parecida. La idea explica (¡¿!?) que
el alumno beneficiado no solo no debe reconocer con el voto al gobierno que lo
tuvo en cuenta, sino que -en una disparatada voltereta- castigarlo por lo
mismo. El adolescente debería suponer que está siendo de un soborno ideológico,
un te doy no porque me interesás sino
porque necesito tu voto. Mientras las netbooks son reales, la intención
artera y demagógica del gobierno es una suposición, por lo que es previsible el
triunfo de lo real sobre lo conjetural.
Estamos hablando de bueyes
perdidos y alguien pronuncia la palabra ANSES;
el opositor no se contiene y manifiesta, por ejemplo: “¡Qué barbaridad lo que están
haciendo con la plata de los viejos!”. Nunca precisará qué es lo que el
ANSES está haciendo con la plata de
los viejos, pues comenzar una frase con el “¡Qué barbaridad!” exime de responsabilidades ulteriores; el “¡Qué
barbaridad!” actúa como un significante múltiple, pluri direccional,
repleto de cómplices implicancias implícitas que facultan, en total, a no
fundamentar ni explicar nada.
Un sábado a la noche jugamos
cartas después de la cena y desde el televisor se escucha de un episodio de
inseguridad. Suficiente. Alguno de los presentes comenzará a rezar el rosario
del país tomado por delincuentes callejeros violentos. Aunque es muy probable
que ni él ni el resto de los presentes haya sido víctima de delito, no importa;
la realidad de alguna gente parece haberse trasladado de la circunstancia de
vida concreta a la experiencia mediática. Como cualquier ciudadano puede saber
(si quiere), el nuestro es un país no más inseguro que la media mundial y menos
inseguro que muchos, pero este es un dato que no conviene a los fines y es
empujado al fondo. Buen recurso: el grueso de la población no dedica tiempo a
chequear la información que le dan los medios.
En estos y otros trances, la
vida de relación del partidario común y silvestre del gobierno nacional, se
hace un poco insalubre; nos intoxican con argumentación miserable, falsa o
distorsionada, pero disfrazada de sensatez.
Afortunadamente, el peso de
esta realidad contrapuesto al punto de partida (la caída libre del país a
principio de siglo) derrota cualquier fantasía destituyente.
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