Derechos humanos y pensamientos torcidos, por Carlos Oviedo
Me viene el recuerdo de una publicación que vi hace unos meses en el muro de una colega. Decía, palabra más o menos, lo siguiente: “La presidenta se tendría que ir a la c… de su madre, de donde nunca debió haber salido”. Los puntos suspensivos corresponden al original. Quizá la autora le haya criticado ese lenguaje a gente a quien percibe como culturalmente inferior y no quería llegar a tanta bajeza. La publicación es comentada por alguien (también profesora de inglés) que dice que Cristina tiene el destino marcado como su “husband” (sic). Creo que los calificativos, en cualquier idioma, sobran.
Es
una pena que ésa sea la actitud que tienen para ofrecer mientras se quejan de
una presunta soberbia de la presidenta. Igualmente triste es que se pueda tener
el deseo de la muerte del adversario como toda propuesta.
Como
si no alcanzara con esa carga de odio, la misma persona que cito al principio,
cuelga en esos días un afiche de conmemoración del día del militante montonero
(confieso que no sabía que existía). Comenta: “LPMQTP Que la pases bomba”.
También en este caso la abreviatura está en el comentario original. No sé
cuánto conocerá esta persona del tema de la lucha armada. Intuyo que no
demasiado. Creo que es una cuestión tan delicada que quienes no la hemos
estudiado en profundidad, debemos tener mucho cuidado cuando la tratamos. Estoy
de acuerdo con lo expresado por José Pablo Feinnman en uno de sus últimos
libros. Al igual que a él, esos hechos me entristecen por dos motivos. Uno es
humano: no quiero a nadie muerto por violencia. Y el otro es político. Esa
lucha formó parte de una cadena de venganzas que culminó en lo que muchos
consideramos lo peor de la historia argentina: la dictadura que gobernó entre
1976 y 1983 y su guerra sucia. No me extrañaría que personas que al final del
proceso decían cosas como: “Algo muy bueno que tuvo este gobierno fue
combatir con efectividad a la subversión”, fueran las que hoy dicen
sentirse muy bien porque van a golpear la cacerolita.
La
venganza y el deseo de muerte me entristecen, indignan y mucho más. Pero no
deberían sorprenderme. Pensemos en el país que muchos coinciden en presentar
como modelo a seguir. Por aquellas latitudes le está permitido al ciudadano
medio portar armas y quienes se oponen a semejante atrocidad, no logran
adhesión mayoritaria. Son los más pacifistas del mundo cuando ellos son
víctimas de la violencia y cambian como el clima cuando les toca aplicarla. Por
las razones que alegué más arriba, detesto atentados como los de aquel 11 de
septiembre de 2001. Me corre frío por la columna cuando recuerdo las imágenes
de los festejos por la muerte de Bin Laden. El país modelo, gobernado por un
presidente ganador del Nobel de la Paz, confesaba abiertamente haber matado a
don Osama. La gente festejaba ruidosamente lo sucedido. Animadores televisivos
se estrechaban la mano como si se felicitaran mutuamente por semejante acción.
¿Acaso alguno pensaba de buena fe que se había hecho justicia? En cualquier
caso, dan ganas de llorar.
Al
mismo tiempo, hay seres que, con su actitud e incansable lucha, me reconcilian
con la vida. ¿Ejemplos? Hebe de Bonafini, Taty Almeida, Estela Carlotto (no se
pierdan la película “Verdades
verdaderas”). Mientras integrantes de uno y otro bando siguen promoviendo
la venganza (y ya hablamos de cuáles son los resultados), ellas buscaron algo
cuya importancia y profundidad no se siempre ver ante lo simple que es
expresarlo: justicia sin olvido ni perdón, pero sin resentimientos ni
revanchismo. Cuando la organización “Abuelas
de Plaza de Mayo” fue propuesta para el Nobel de la Paz, naturalmente
manifesté total acuerdo. No obstante, no deja de ser honroso que se les
niegue el premio que recibieron personajes como Barack Obama o Henry Kissinger.
No creo que necesiten algo así para que su ejemplo sea conocido (como lo es) en
muchos lugares del mundo.
Confío
en que la historia sabrá dar su lugar tanto a los defensores de los derechos
humanos como a los humanos de pensamientos torcidos.

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