Realismo mágico opositor
Como la gran corriente literaria
latinoamericana, pero sin el gran, sin el talento, sin la genialidad, desafortunada
siembra de semillas estériles en el suelo infértil del soporte ideológico
conservador.
¿Qué cambios se le pueden pedir a un Sanz, a un de Narváez, a una
Bullrich? Si lo máximo que pretenden es renovar sus bancas… Bien entendible
resulta su objetivo cumbre, pues hallaron que oficiando de predicadores del
país irreal que vive en la imaginación gorila, ese país habitado por unos 3 o 4 millones de fanáticos que no
sienten tan apropiado sentirse argentinos ni lúcidos, obtendrían de ese
colectivo, en cambio, el número mínimo necesario de votos que asegura la fórmula
del cargo electivo eterno, usual meta del político mediocre.
Estos narradores de ficciones
sociales, lo mismo que sus contracaras literarias, no creen en lo que inventan, pero viven de eso.
Su oficio es alimentar el pensamiento mágico de un público agradecido que les
permite seguir parasitando en el parlamento y otras sedes del poder
constitucional.
Ninguno
de los miembros de esta casta de narradores muestra en su foja de servicios un
solo mérito, una sola acción positiva, algo de lo que pudiéramos sujetarnos
para decir “conoció mejores días”. No. Y no por inútiles, aunque muchos lo son.
Es por no estar dedicados a las cuestiones reales, esas que conciernen al
bienestar actual y futuro del pueblo. Como los hechos confirman, su empleo, su
conchabo, la changa que les permite sobrevivir, es la de agregar ladrillos huecos al muro abstracto que separa cada vez
con mayor eficacia a una minoría de 3 o 4 millones de argentinos de derecha, de
una mayoría popular que vive saludablemente en un medio real, manteniéndose a
fuerza de poderosa inteligencia e instintos sanos, a salvo del efecto adverso
de las narraciones que los medios de divulgación masiva les traen.
El
colectivo que usualmente aporta a las marchas caceroleras (el mismo que vivó le
caída de Perón y aprobó o fue indiferente ante el exterminio de militantes
sociales, obreros y estudiantiles), vive una realidad alternativa. En épocas favorables, cuando la
fuerza militar les imponía en el control de la economía y los derechos civiles,
no precisaban vivir en realidades alternativas: ellos eran la única realidad y
lo que quedaba afuera, era peligroso y debía ser controlado. Es
un colectivo social que descree de la causa nacional y popular, que ve ruina
donde el resto identifica la superación del cáncer terminal del 2001, que ve corrupción allí
donde los operadores periodísticos del poder les dicen que está; allí se
festeja la muerte del rival (y de sus familiares, aún niños), se pregona el
diálogo con la jeta torcida por el odio, se niega el progreso social, cultural, económico, tecnológico… de
una década completa.
En el ghetto de la derecha argentina ninguna entidad
conceptual coincide con la realidad de la que afirma ser símbolo. Se trata,
digo yo, de un fenómeno cultural masivo asombroso: millones de seres humanos
viviendo en la construcción imaginaria que otros han diseñado para ellos. Un
escape extraordinario de los límites que pretendió imponerles el mundo
material.
Yo
lo llamo Realismo
mágico opositor
y
lo defino como un estado de alienación de las percepciones socio políticas,
focalizado en extensos sectores de clase media, provocado por la conjunción de
una propaganda intencional (factor externo) y una predisposición cultural
íntima (factor interno).
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