Corrientes: Fraude y kiosqueros
Si nos atuviéramos a los dichos de infinidad de representantes del peronismo provincial, el tema de las elecciones del pasado 15 de septiembre es asunto concluido; pero, aclaremos, no ahora, a 11 días, sino concluido desde el mismo momento en que por efecto del sempiterno payé se revirtió el escrutinio que iba anticipando la victoria de Camáu y terminó dándosela a Colombi. En ningún momento (y que alguien, por favor, lo desmienta) el peronismo, como organización política nº 1 de la provincia, hizo esfuerzos para desmantelar lo que los militantes vemos como un robo simple y llano de votos por parte del oficialismo radical.
Un poco
se explica, por esta conducta pasiva del nivel dirigencial, el persistente
fracaso del justicialismo para hacerse del gobierno: no parece haber espíritu,
empeño o convencimiento de las posibilidades reales de éxito electoral. De ahí
que cada nuevo fracaso se registre como una alternativa más que previsible, un
dato que está dentro del orden natural de las cosas (“perdemos siempre, no es nada nuevo”).
Lo grave
del caso, es que nadie puede asegurar que el 15 Camáu perdiera; los indicios
del fraude están desparramados por todas partes: autoridades de mesa digitadas
por el radicalismo, la policía de Colombi transportando las urnas (Gendarmería
no intervino), urnas abiertas durante el escrutinio definitivo que una tras
otra suman votos para el FPV, una justicia electoral no fiable,…
Todo
ciudadano sabe –sea peronista o radical- que si se abrieran todas las urnas, el
resultado se movería indefectiblemente. Y aunque no es posible saber si Camáu
ganaría en esa hipótesis, seguro descontaría muchos miles de votos. Es así (esta
seguridad ciudadana) porque a nadie se le escapa que el fraude existió.
¿Qué
respuesta tuvo el PJ ante esta gravísima circunstancia? Poner paños fríos y en
muchísimos casos ni siquiera mencionar que hubiera algún detalle indicador del
fraude cometido.
Ante
esto, el lector foráneo ha de hallarse sin dudas perplejo. Trataremos de
explicarlo: el peronismo correntino históricamente ha funcionado como una red
anárquica de kioscos, donde cada kiosquero se interesa únicamente por los
números de su localcito. Si el kiosco de al lado quiebra, mala suerte. No
existe conciencia (en los kiosqueros, que llamamos así a los dirigentes) de
destino grupal. Por lo tanto, de acuerdo a esta implacable y mezquina lógica,
cada cual lleva como objetivo de máxima la consecución del cargo en disputa. Y
punto. Primero el individuo y luego (si sobra) el
movimiento.
Y como (a
pesar del fraude radical) el FPV anduvo como nunca, muchos obtuvieron el cargo
ambicionado, es decir, se hicieron de kiosco propio (que es el sueño de mucho
dirigente peronista correntino), con lo que están sobradas las razones para
hacerse del sota.
¿Y qué
hacemos con todo esto ahora que el fraude está consolidado definitivamente?
Solo nos queda militar, para un día poder erradicar la cultura kiosqueril que
causa la ruina del peronismo correntino. Y hablar con claridad, decir, opinar,
que no sea cosa que crean que somos unos zonzos incapaces de ver lo que está
ocurriendo en las “altas esferas”.
PD: Quede
echa la salvedad que de esta crítica permanece honrosamente a salvo un
dirigente que no nombraré (por no que alguien crea que está detrás de este
texto), el único que anduvo dando vueltas por la plaza y arengando cuando nos juntamos un
puñado de militantes con ganas de exigir la apertura de las urnas.
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