Caiga quien caiga, por Carlos Oviedo



En estos momentos viene a mi memoria un programa de televisión que no sé si todavía está en el aire. Surgió en los años noventa, en pleno auge de las políticas neoliberales en la República Argentina. Su nombre: CQC. Originalmente se llamaba "Caiga quien caiga". Con el tiempo el nombre pasó a las iniciales. El nombre ya me causaba la peor disposición. ¿Qué clase de procedimiento defiende ese título? Pregunto como si no me hubiera dado cuenta de la obviedad. Su actitud innoble estaba a la altura del poco feliz título.

Como recordarán muchos, los seudo comunicadores se acercaban a legisladores y funcionarios de gobierno para burlarse de ellos. Fingían pertenecer a alguna emisora y pedían una nota. A menudo simulaban asesoramiento y les hacían creer que estaban hablando en privado. Les recomendaban usar alguna expresión a la moda y demás y luego, en lo que se suponía era la nota para salir al aire, utilizaban esas expresiones con todo el aplomo. Les daban datos falsos sobre algún país, para que después grabaran la nota diciendo esos datos con toda convicción. Los desorientaban haciéndoles creer que preguntaban algo seriamente y los descolocaban. Esos son sólo algunos ejemplos. Si me preguntan qué tengo contra esa conducta, respondo lo que ya dije: es innoble.

Aun cualquier descubrimiento interesante (hubo esos casos) que pudieran hacer quedaba, al menos a mi juicio, devaluado por la bajeza del proceder. Tenemos el derecho a criticar lo que no nos gusta, a denunciar y exigir investigación si sospechamos deshonestidades, por ejemplo. Por el contrario, me parece deleznable ese modo de actuar. Si no podemos tener respeto por algún funcionario o legislador en particular, conservemos ese respeto para la institución. Mi enojo se incrementa cuando pienso que ese programa, al fin y al cabo, termina favoreciendo a la anti política.

Conecto este recuerdo con el comentado reciente caso del diputado Juan Cabandié. Da para pensar que horas después de que haya dado argumentos contundentes en su debate contra su par Elisa Carrió, salgan a atacarlo con un video que databa de hacía varios meses y seguía métodos dignos de CQC: grabado con cámara oculta y editado.  Es extraño que no lo haya denunciado el famoso médico periodista que se declara defensor del juego limpio. Salvedad: él quiere que sus rivales jueguen limpio, pero sus compañeros pueden hacer lo que les plazca. Dejemos a ese señor y volvamos a Cabandié.  Si damos por posible que algún estado de emoción violenta le haya hecho decir algunas cosas, ¿no pasa esto a segundo plano ante el juego sucio que le hicieron? Al fin y al cabo, si observamos la parte del video no mostrada en un principio, queda claro que no quiso ejercer ningún soborno y estaba dispuesto a pagar la multa correspondiente en su calidad de lo que era en ese momento: un ciudadano como cualquier otro. Fijémonos cuántas cosas hay que considerar antes que sus presuntos yerros. Agreguemos algo. La diputada Elisa Carrió, en el transcurso del debate, sin estar bajo efectos de ninguna emoción traicionera y con la peor intención, le dijo que debería saber que los delitos no se heredan y él lo debería saber por ser hijo de desaparecidos. ¿Nadie sale a repudiar esos dichos aviesos? Nueva oportunidad para reclamar plena vigencia de la Ley de Medios para que la opinión pública tenga acceso a diferentes expresiones y no simplemente la que quiere imponer la prensa hegemónica que, paradójica e hipócritamente, es la que fomenta la queja del discurso único.  Y, para colmo de males, actúa sin medir daños y parece seguir la nefasta consigna: caiga quien caiga.

La semana que viene tendremos una invitación a expresar de qué lado estamos.  A no aflojar.

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