Manuel Gálvez y Concepción del Yaguareté Corá..., por Carlos H. Güttner
Volviendo a don Manuel Gálvez, ya que de él se
trata, quiero compartir con ustedes unos fragmentos de una de sus novelas en la
que relata con puntillosa precisión la geografía correntina y los avatares de
su población durante la Guerra de la Triple Alianza, allá por 1.865.
El primer volúmen de esta trilogía se llama
"Los caminos de la muerte" (Escenas de la guerra del Paraguay) y fué
publicado en 1.928.
Francisco Madariaga, célebre escritor y poeta
surrealista nacido en Concepción del Yaguareté Corá (Corrientes), refería en su
autobiografía cuán emocionado se sintió, allá por los años cuarenta, al
descubrir que esta novela de Manuel Gálvez contenía un pasaje que se
desarrollaba en Yaguareté Corá, mencionando a personajes reales de épocas
pretéritas.
Cuando fuí a buscar un ejemplar de la misma me
encontré con la preciosa narrativa de Gálvez, que comparto con ustedes:
"...
Enderezaron hacia los pueblitos de San Antonio de Mburucuyá y de Saladas. Por
allí merodeaban destacamentos paraguayos pertenecientes a la retaguardia del
ejército, dirigido por correntinos "lopiztas" (...) Una mañana de
julio salían los cien gauchos de un pequeño oasis de yatays, donde habían
pernoctado, cuando vieron, a cincuenta pasos, dos enemigos. Taboada los llamó.
Los dos hombres debieron darse por muertos, al volver la cabeza y advertir el
número de sus contrarios.
Era
un correntino "paraguayista" con grado de oficial, y su asistente,
probablemente paraguayo.
Los
dos sacaron sus armas de fuego: un correntino y un paraguayo no se rinden nunca
(...)
La
última noche de julio topáronse con un chasque, quien les dió la noticia de que
el grueso del ejército paraguayo, por segunda vez, había entrado en Bella Vista
(...) El pueblito de Bella Vista había quedado desierto. Las familias
descendieron hasta Goya o pasaron el río, para refugiarse en el Chaco o en
Santa Fe. Taboada, entonces, rumbeó con sus hombres hacia Yaguareté Corá.
Cruzaron el río Santa Lucía, evitando acercarse a San Roque, y el Batel. Los
ríos estaban desbordados por las lluvias (...) Después de cruzar el Batel
quisieron dirigirse hacia el noroeste, en busca de Yaguareté Corá; pero una
sucesión de bañados y de selvas impenetrables les cortaba el camino (...) Las
mujeres dieron la dirección de Yaguareté Corá. Indicaron el camino libre de
lagunas y bañados (...)
El
albardón tornábase más estrecho, apretado por los esteros y malezales. Ahora,
era una epidemia de lagunitas, de bañados, de esteros (...) Las casas y los
ranchos fueron aumentando. Una quinta con algunos naranjos verdeció sobre el
inmenso fondo plomo de los grandes esteros. Estaban en Yaguareté Corá.
Cuarenta
casas -ninguna de azotea, pues todas eran ranchos de ladrillos secados al sol,
con techos de hojas de palmeras y grandes aleros sobre la calle-, formaban el
pueblito. Un potrero ambicionaba ser plaza. Y un rancho, medio cayéndose, con
una intención de torrecita, hacía de iglesia. Los doscientos habitantes salieron
a recibir a los correntinos, primera fuerza de importancia que llegaba a
aquellos andurriales. No había allí soldados ni policía. Muchos eran indígenas
y, en su mayoría, no hablaban español.
-¿Y
no hay autoridad?- preguntó Taboada en guaraní, desde el caballo, a unas
mujeres que lo rodeaban. Un hombre, abriéndose paso, dijo:
-La
única autoridá soy yo, el juez de paz.
Era
un señor Sánchez, criollo amable y patriota. Ofreció su casa a Taboada y
distribuyó los demás jinetes en los distintos ranchos. Sánchez era pobre, pero
poseía valiosos objetos de plata: dos mates antiguos y otros útiles domésticos.
Su mujer y sus hijas, como todas las mujeres del pueblito, hacían bellos
tejidos de ñanduty. Plantaba el juez algodón, tabaco y mandioca.
-¿Y
qué noticias tiene de la guerra?- preguntó Taboada al juez.
-Nada
sabemos. Los hombres de estos pagos están a las órdenes del general Hornos.
Hasta ahora no han entrado en ninguna acción.
-
¿Y de Reguera no tiene noticia?
-
Creo que anda siempre cerca de las Misiones.
Taboada
decidió descansar una noche en el pueblito y partir a la mañana para el norte.
El camino apenas se diferenciaba del anterior
(...) Llovía sin cesar, y los atolladeros, los pantanos, los riachos,
les obligaban a ir al paso. Cerca del pueblito de San Miguel debieron atravesar
varios espesos palmares (...) San Miguel parecíase a Yaguareté Corá... "
José Alejandro Sánchez era el juez de paz de
Yaguareté Corá durante la guerra del Paraguay, que estalló en 1.865, y que
menciona en este pasaje Gálvez. Una de sus hijas, Carmen Sánchez, se casó años
más tarde con Narciso Madariaga, llegado en 1.881 a Concepción del Yaguareté
Corá para administrar la estancia "El Caimán", ubicada en la Tercera
Sección del departamento, rumbo a San Miguel.
Narciso Madariaga y Carmen Sánchez fueron padres
de Eduardo Madariaga, nacido también en Yaguareté Corá, quien sería Senador
Nacional por el Partido Peronista entre 1.949 y 1.952.
Cuenta Francisco Madariaga en su libro "Solo
contra Dios no hay veneno", que su abuelo Narciso recibió de su suegro,
don José Alejandro Sánchez, un regalo singular: el banquito de madera en que se
sentara el General Manuel Belgrano aquel 26 de Noviembre de 1.810 cuando aparcó
con sus tropas en Yaguareté Corá.
Ese banquito se conservó durante muchísimos años
en la Estancia "El Caimán" y, seguramente, habrá corrido la misma
suerte de este relato perdido de Manuel Gálvez que hoy compartí con ustedes.-

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