La murga/Ricardo Antonio López
No quisiera ofender a quienes desde la sinceridad de sus intenciones adversan al modelo kirchnerista, pero no puedo dejar de decir algunas cosas que los sostenedores del gobierno nacional venimos percibiendo.
En cuanto al aspecto general de la oposición (y no casos particulares, respetables, que por su misma rareza poco se perciben), es el de una murga descangallada.
Se nos antoja un show algo descarado en el que un productor poco respetuoso de la sensibilidad del público ha reunido a raras y a veces lastimosas variantes de la fenomenología específica, como buscando el rédito fácil de la curiosidad morbosa.
El 90 % de la oposición nacional marcha con todas sus banderas contradictorias desplegadas por la avenida ancha y mancillada del prejuicio, la opinión irresponsable y las intenciones oblícuas.
No pasa día en que esta pobre gente no nos remita una nueva postal desde el país virtual que decidieron habitar. ¡Y qué feas son sus postales! Ayer (o anteayer, ya me confundo un poco los tiempos) fueron Tinelli, con su mejor cara de bolacero sensible, abriendo grandes los ojos (señal de que está bolaceando mal), con su ladero Pachano, de lágrimas tan poco creíbles como informe de Lanata. Ambos en el marco del galardón surreal que Macri le otorgara al maratonista bolivariano por su labor cultural (WTF???), pues la libre y generosa exhibición de nalgas femeninas de alta gama devino en actividad cultural de primer orden en esa Argentina virtual que -decíamos- habita la mayoría de los opositores.
Luego están los arrebatos del Comandante Lanata, cada día más irritado ante una ventolera que le sopla a velocidad creciente los muchos humos que supo fabricar con esos informes o investigaciones (les dice él) que procesa de a unidad por semana y que serán para las generaciones posteriores de periodistas una revelación asombrosa del modo en que toda una porción de la sociedad argentina decidió tomar no el toro por las astas sino más bien por los huevos, creyendo acaso que la fantasía se torna real de solo presentarla por televisión.
La murga supo ser fastuosa y por momentos tuvo tanto público que algunos creyeron que iba a tomar el lugar de las cosas ciertas, verdaderas; allí está el conflicto de la 125, cuando (y como solo podía ocurrir en una realidad paralela, en una versión virtual de La Argentina) los caporales de la ¿¡SRA!? se convirtieron en referentes de un movimiento revolucionario, un guevarismo mutado en que los poderosos exigían por sus privilegios a la vera de las rutas nacionales, mientras los peones les asaban costillares a la sombra de las monstruosas camionetas. Ese habrá sido el espectáculo principal de la murga, un pico creativo, una orgía de argentinidad noventosa donde una clase media que estaba sacando (nestorismo mediante) el hocico fuera de la ciénaga cloacal de la miseria menemo-delarrúica, parecía adoptar a los estancieros y sojeros como nuevos padres de la patria, siempre dispuesta a creer (nuestra loquísima clase media) que el dinero tiene un mérito en sí mismo. Pero las murgas son murgas y 2 años más tarde las mayorías nacionales volvían a burlarse del pito corto conservador. Hoy de aquella sublevación campesina premium no quedan más que locos recuerdos: artículos periodísticos, videos y poco más. Ni siquiera ha quedado uno de esos stickers "Estoy con el campo" con que los del medio y un poquito más abajo tributaron fidelidad durante unos meses a los grandes negreros.
Hoy nos quedan los Tinelli y los Pachano, los Lanata y los otros pobrecitos que aún quieren convencernos de la igualdad entre pato y gallareta. O que da lo mismo subir el montado por derecha que por izquierda. El fasto del gran circo, los brillos intensos de la Murga 125 se han apagado para siempre (tipo los faroles de las bailantas de las que habla el legendario chamamé).
Si hasta me está agarrando nostalgia che. Y claro, si yo, como varios otros milloncitos de argentinos, nos reencontramos con nuestra identidad ideológica nacional y popular mientras la Murga 125 desfilaba por las rutas nacionales, rumbo al piadoso olvido.
No pasa día en que esta pobre gente no nos remita una nueva postal desde el país virtual que decidieron habitar. ¡Y qué feas son sus postales! Ayer (o anteayer, ya me confundo un poco los tiempos) fueron Tinelli, con su mejor cara de bolacero sensible, abriendo grandes los ojos (señal de que está bolaceando mal), con su ladero Pachano, de lágrimas tan poco creíbles como informe de Lanata. Ambos en el marco del galardón surreal que Macri le otorgara al maratonista bolivariano por su labor cultural (WTF???), pues la libre y generosa exhibición de nalgas femeninas de alta gama devino en actividad cultural de primer orden en esa Argentina virtual que -decíamos- habita la mayoría de los opositores.
Luego están los arrebatos del Comandante Lanata, cada día más irritado ante una ventolera que le sopla a velocidad creciente los muchos humos que supo fabricar con esos informes o investigaciones (les dice él) que procesa de a unidad por semana y que serán para las generaciones posteriores de periodistas una revelación asombrosa del modo en que toda una porción de la sociedad argentina decidió tomar no el toro por las astas sino más bien por los huevos, creyendo acaso que la fantasía se torna real de solo presentarla por televisión.
La murga supo ser fastuosa y por momentos tuvo tanto público que algunos creyeron que iba a tomar el lugar de las cosas ciertas, verdaderas; allí está el conflicto de la 125, cuando (y como solo podía ocurrir en una realidad paralela, en una versión virtual de La Argentina) los caporales de la ¿¡SRA!? se convirtieron en referentes de un movimiento revolucionario, un guevarismo mutado en que los poderosos exigían por sus privilegios a la vera de las rutas nacionales, mientras los peones les asaban costillares a la sombra de las monstruosas camionetas. Ese habrá sido el espectáculo principal de la murga, un pico creativo, una orgía de argentinidad noventosa donde una clase media que estaba sacando (nestorismo mediante) el hocico fuera de la ciénaga cloacal de la miseria menemo-delarrúica, parecía adoptar a los estancieros y sojeros como nuevos padres de la patria, siempre dispuesta a creer (nuestra loquísima clase media) que el dinero tiene un mérito en sí mismo. Pero las murgas son murgas y 2 años más tarde las mayorías nacionales volvían a burlarse del pito corto conservador. Hoy de aquella sublevación campesina premium no quedan más que locos recuerdos: artículos periodísticos, videos y poco más. Ni siquiera ha quedado uno de esos stickers "Estoy con el campo" con que los del medio y un poquito más abajo tributaron fidelidad durante unos meses a los grandes negreros.
Hoy nos quedan los Tinelli y los Pachano, los Lanata y los otros pobrecitos que aún quieren convencernos de la igualdad entre pato y gallareta. O que da lo mismo subir el montado por derecha que por izquierda. El fasto del gran circo, los brillos intensos de la Murga 125 se han apagado para siempre (tipo los faroles de las bailantas de las que habla el legendario chamamé).
Si hasta me está agarrando nostalgia che. Y claro, si yo, como varios otros milloncitos de argentinos, nos reencontramos con nuestra identidad ideológica nacional y popular mientras la Murga 125 desfilaba por las rutas nacionales, rumbo al piadoso olvido.
Más que nostalgia, lo que me cáe encima es una profunda depresión. A lo largo de más de una década he ido comprobando - volviendo a comprobar, mejor dicho - que fuera del movimiento popular hoy protagonizado por el Kirchnerismo NO HAY CASI NADA MÁS ...
ResponderEliminarA veces leo y escucho los discursos opositores esperando encontrar algo rescatable, valioso, superador, una guía para nuestro futuro. PERO NO HAY NADA DE ESO.
Constituyen un coro de marionetas descoloridas que calumnian, denostan, critican, insultan y mienten. NO HAY CASI NADA MÁS ...
Hace pocos días tuve la ingrata experiencia de protagonizar una dura discusión con un familiar que, tratando de no dejarme expresar, terminó insultándome por adscribir a estas ideas totalitarias, dictatoriales y corruptas. Si bien es cierto que más tarde se disculpó por el exabrupto, no dejo de admitir que su desconsideración hacia mi me dolió profundamente. Eso no fue discutir de política. Simplemente fue faltarme el respeto. Como consecuencia, si bien acepté sus disculpas, es muy difícil que nuestra relación vuelva a ser la misma. Y la culpa no es de la shegua, como dice Max Delupi, sino de la necedad y el odio instalados en tantas mentes.
Saludos
Lo horrible es que en la medida en que se les desinfla el ridículo y cacareado fin de ciclo, más agresivos se ponen
ResponderEliminar.