Los que se alegran por la falta de medallas
Un cierto disfrute se adivina
en varios especialistas y no tanto del deporte adscriptos (ad honorem o no) a
la contra rabiosa del modelo; su
disfrute es embozado, ladino, del tinte que acostumbran desde el 2003.
El disfrute no puede
expresarse al aire libre, ante todos, de frente, porque quedarían en evidencia.
Están disfrutando muy para
sus adentros la sequía total del medallero olímpico argentino.
Lo de ellos es un amor
vergonzoso que no se puede blanquear.
Hace rato notaron que un
medallero bueno sería visto como el resultado directo del apoyo del estado
nacional al olimpismo; desde allí ansían el fracaso de la delegación criolla.
Tras 9 años de victoria uno
se acostumbró a mirar entre divertido y enojado las evoluciones de los
gorilitas que moran en los medios masivos de comunicación. Pero no es sorpresa
que un grupillo de periodistas goce cuando las cosas nos van mal. El caso es
que ahora ni nos divierten ni nos hacen enojar. Provocan pena. Pena por ellos,
porque tienen una enfermedad del espíritu. Ellos y muchísimos argentinos que se
sientan cada día frente a la TV
para despotricar contra unos chicos y chicas que no fueron a Londres a hacer
política, sino deporte. Están mal, muy mal. No son rescatables porque no se
vuelve del lugar tan feo que han elegido.
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