Las mascotas del kirchnerismo



El movimiento está tan afincado, tan  dispuesto a quedarse, que ya se hizo de mascotas.

Lamentablemente, las mascotas que consiguió el kirchnerismo no entran en la categoría de “cachorro adorable” ; no son graciosas ni traviesas, no despiertan la ternura de las niñas ni la aprobación de los varoncitos, no se dejan acariciar, es imposible amaestrarlas, destruyen el mobiliario y como norma orinan y defecan en el plato en el que se alimentan.

Son mascotas horribles y pendencieras cuya soberbia e indisciplina provoca que quieran gobernar a sus dueños. ¡¡¡Insólito!!!

De modo al parecer instintivo adquieren el gusto desenfrenado por figurar en listas de cargos electivos, en los que suelen denominar “lugares expectantes”. Este empeño no reconoce límites y  una mascota  decidida a “enlistarse” no dudará –para lograrlo- en atacar a otras que confían en ella o aliarse con mascotas que hasta ayer nomás parecía odiar y con las que protagonizaban dañosas riñas. Intentan vivir de modo permanente en los recintos legislativos provinciales y nacionales originalmente pensados como asiento de seres responsables, no de irreflexivas mascotas. Y tienen éxito en su cometido.

Han desarrollado además el hábito maníaco de exhibirse en público por medio de la radio y la televisión, convencidas de poseer un encanto irresistible que obligaría a la gente a adoptarlas como preferidas e imprescindibles; bien es sabido que lo que provoca su sobre exposición mediática es hartazgo revulsivo, antes que cualquier tipo de adoración contemplativa.

Como hemos dicho, tienen la intención de pasar de mascotas a dueños, pero en virtud de su conducta anárquica y poco juiciosa, tienen escasísimas posibilidades de lograrlo. Esto no impide, por supuesto, que en su torpe accionar provoquen numerosos daños y afecten de varios modos el bienestar de sus propietarios.

Son las mascotas que supimos conseguir.

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