Apuntes discontinuos: Harto ya de estar harto/Gustavo Rosa

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Apuntes discontinuos: Harto ya de estar harto:


Harto ya de estar harto

 El simulacro que supimos conseguir
Todavía no ganaron y ya están asumiendo. Aún no asumieron y, excitados por el clima de conspiración, ya se están desuniendo. De acuerdo a la orden dictada por el Gran Titiritero, están generando El Caos. No todos, sino algunos. O mejor dicho, unos se encargan de agitar por aquí, otros por allá y el resto, por acullá. Es la magia de la televisión destituyente que organiza la realidad para hacerla inmanejable. El periodista Jorge Lanata, convertido en denunciador compulsivo de ficciones dudosas, aporta lo suyo para confundir a los confundidos y alimentar a los prejuiciosos. Entre el show dominical y la febril tertulia del lunes por la noche, reconstruye sus mentiras a partir de correcciones falaces. Y no importan las contradicciones en que incurre: total, el público no las advierte o las ignora. Si hasta Margarita Stolbizer se exhibe como la manipulada perfecta y realiza declaraciones ardientes para manchar de sospechas a La Primera Mandataria. Sin pruebas y con mucha incoherencia, El Grupo la ha declarado culpable y debe cumplir la sentencia. Por ahora, es un ostracismo verbal. Mientras tanto, están operando para convertirlo en efectivo.
Desde el 11 de agosto, el triunfalismo los embriaga casi al límite del coma. Alucinados por el aroma del golpismo, se arriesgan a todo para recuperar posiciones. Ansiosos por cambiar de película, oprimen todos los botones del control remoto, enloqueciendo cualquier aparato. Como bestias famélicas, muestran los colmillos pestilentes, prestos a dar una dentellada letal. Con la seguridad de que sus fábulas serán íntegramente creídas, pueblan las pantallas de absurdos mimetizados como investigaciones profundas y análisis sesudos. Lo de siempre, pero con más saña. Lo que han hecho desde que comenzaron a ser poder: condicionar a los gobiernos democráticos o derrocarlos. La misma duda existencial que nos atraviesa desde los orígenes de nuestro país: gobierna el Pueblo a través de sus representantes o las corporaciones con sus cómplices, laderos, sicarios y siervos.
Aunque parezca exagerado, el resultado de las PASO se convirtió en la bandera de largada para una carrera de los Autos Locos, el cartoon que deleitaba a muchos en una infancia lejana. El que oficiaba de villano, Pierre Nodoyuna, de tan malo, tramposo y ladino, resultaba simpático. Ni hablar de Patán, el perro que celebraba con burlonas risas los fracasos de su amo. Después protagonizaron sus propias series, con resultados adversos. Eso sí: por más que idearan las más sofisticadas trampas, siempre resultaban perjudicados. La moraleja fortalecía la idea de que la competencia debía estar basada en la honestidad y quien incumpliera con esa regla básica estaba condenado a perder de la peor manera. Algunos no aprendieron esa lección tan elemental de los dibujos animados y se lanzan a la carrera democrática buscando atajos y disponiendo celadas. Eso sí: nuestros villanos vernáculos carecen de simpatía y no tendrán la oportunidad de protagonizar otra serie. Si fracasan ahora, será para siempre. Por eso recrudecen sus embates. Por eso se exponen a representar las más inconsistentes parodias. Por eso se muestran con su más espantosa desnudez.
La opereta de Seychelles comenzó el domingo y aunque era inconsistente desde el arranque, el reciclado diario ya la hace insostenible. En la reconstrucción de estos días hasta confunden las fechas y, según el diario Clarín, estuvo en esa zona en marzo, no en enero. No importa, el lector aportará lo suyo para creer el cuento. No hay verdad que valga mientras logre incrementar la desconfianza como la principal excusa para desmoronar este proyecto. Si la corrupción funciona como misil para horadar la legitimidad, bienvenida sea. Y si no se encuentra, habrá que inventarla. Entonces, de ahí en más, todo es un invento. La sobreactuación de los investigadores y analistas agrega drama al ridículo. Si el Gobierno Nacional no responde a las acusaciones, resultará culpable de ellas. Y las respuestas serán interpretadas como feroces ataques que vulneran la libertad de expresión. De tan reiterada, esta treta resulta pueril y los que se prenden de ella merecen ser subestimados.
Lo mismo ocurre con el diagnóstico del doctor Castro. El síndrome de Hubris no está reconocido por la OMS y parece ser un trastorno inventado por psiquiatras de derecha para desautorizar a mandatarios de izquierda. Si uno revisa los síntomas, parecen las características propias de cualquier presidente que quiera modificar el estado de las cosas. La única cura es la destitución o la renuncia, cuando la obediencia no da resultados. Michel Foucault ya lo había anunciado en su lección inaugural de principios de los setenta. Uno de los mecanismos que utiliza el Poder para expulsar o impedir el acceso al discurso dominante es el de la locura. Desde la asunción de Cristina, su salud mental se encuentra en constante examen mediático. Los primeros días de enero de 2008, los medios comenzaron a hablar de sus dificultades para madrugar, del trastorno bipolar, de sus exaltados discursos, de su mirada extraviada y vaya a saber uno cuántas estupideces más. Todo para neutralizar su palabra, que es lo que busca la acusación de locura. El loco no merece ser escuchado y menos aún ocupar el Poder Ejecutivo.
Los mensajes mediáticos de mayor llegada se han transformado en una cadena de mitos a la medida de los que quieren retomar el control del país. Periodistas, políticos, jueces y demás integrantes del siniestro ballet se sacuden al ritmo de la angurria minoritaria. Cada uno desde su quehacer apuntala el discurso destituyente y amplifica las descalificaciones. El resultado de las elecciones primarias los envalentonó y la fecha dispuesta para la resolución de la constitucionalidad de la LSCA los compele a sacar los ases de todas las mangas posibles. Así estamos y así estaremos, a merced de los sacudones de esta bestia que se resiste a la democracia.
Traidores y distraídos habilitaron este despliegue con el despreocupado voto del 11 de agosto. Menos mal que por ahora todo es un ensayo. El escenario puede ser diferente en octubre. Debe serlo, porque de lo contrario, lo que ahora es una muestra se convertirá en la más cruda realidad. Y ya sabemos: nos cuesta mucho escalar pero es fácil resbalar a los abismos conocidos.

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