Batalla perdida/Ricardo Antonio López
Y sí che, es una batalla perdida. Lo tengo hiper recontra chequeado.
En la vida hay que saber perder, porque ganar, gana cualquiera. Y Uds. ya ganaron demasiado. Ganaron un país, ganaron un futuro, ganaron unos privilegios, mientras millones quedaban con la ñata contra el vidrio, mojándose en la fina llovizna de la postergación.
Cuando eso sucedía, ninguna cautelar protegió los derechos de la gente a vivir bajo el gobierno que había votado, ni la necesidad de los gurises a recibir alimento decente, ni la urgencia de jubilarse de millones de viejos que habían trabajado sin aportes.
No hubo en aquel entonces poderosos multimedios denunciando fechorías institucionales, no se escucharon en la ocasión valientes voces de leucos, majules y castros, no se convocaron las clases medias en exclusivas esquinas porteñas para reclamar derechos urgentes de casa, salud y comida.
Yo a Uds. no les ví indignarse cuando pobres pibes cuyo máximo acto subversivo fue pintarrajear unas paredes eran chupados por los centuriones. Ni les ví retorcerse de indignación cuando Martínez de Hoz y Cavallo le remachaban el ojete a patadas a los trabajadores.
Corazones de liebre, no se apiadaron de la suerte injusta de los de abajo, acostumbrados a pensar que el pobre merece su pobreza, lo mismo que la mujer su violación y el raro su marginación.
Fueron ganadores crueles que ni las migajas bajo la mesa permitían comer.
Yo no soy nadie, pero los he visto cebarse en el sabor amargo de su victoria y puedo acusarles de inhumanos, ventajeros e hipócritas santularios que recibían la hostia momentos después de aplaudir la tortura.
Cierto es que no soy nadie ni aspiro a dejar en este mundo más que un recuerdo amable en el corazón de mis hijos, pero tengo la facultad del que es libre, de recordar y divulgar la poca decencia con que Uds. manejaron nuestra casa luego de tomarla por asalto.
Y no soy melodramático ni sensiblero si recuerdo la miseria dejada por Uds. en nombre del libre mercado, las reglas del juego y el mundo civilizado.
Si fuese un gran matemático o tuviera paciencia con las estadísticas, les diría el número aproximado de viejos y niñitos que Uds. mataron con la mano invisible esa que tanto venera el socialista de Santa Fe. ¿O se olvida alguien de la época en que los desnutridos eran legión? Y Uds. no les asistieron en aquella época, sabiendo seguramente que cualquier suma que asignaran a los hijos de los desharrapados correría por las canaletas del juego y de la droga.
Espíritus de rata, en los 70 se pasearon imperturbables y hasta orgullosos por un campo lleno de los cadáveres de los que se atrevieron a pensar distinto. Y hoy reclaman libertad de expresión y dicen estar atemorizados por el sesgo autoritario de este gobierno kirchnerista. ¡Uds., que pulían las botas de Videla! Sinvergüenzas. Peores que cualquier otra plaga que haya conocido este suelo.
Absolutamente cierto es que no soy nadie, pero si es por mí y otros como yo, Uds. no tendrán la oportunidad indebida de pasar desapercibidos ante el juicio de los que son más jóvenes y no tienen tiempo o ganas de ver qué ocurrió cuando Uds. eran los que decidían (o dejaban decidir). Estamos aquí para incomodarlos, interpelarlos, no dejar que sigan siendo ganadores minoritarios.
Uds. perdieron la decencia. Yo no tengo la culpa. La perdieron a fuerza de comportarse como canallas. Nadie les puso un revolver en la cabeza para que se exhibieran en su peor costado. Les gustó hacerlo. Lo disfrutaron. Ahora llegó el tiempo de perder. ¿O creían que su suerte duraría? Hoy es tiempo de ser mostrados en cueros ante esa gente que Uds. nunca respetaron. Aguanten callados, como hombrecitos. Si pueden.
Y no pidan clemencia, porque Uds. no la tuvieron. Sean gente al menos una vez. Tengan dignidad, ahora que se enfrentan a su extinción como clase dominante. Y vean que nosotros no intentamos barrerlos del mapa de los vivos, como Uds. sí hicieron. Les hemos ganado la partida en buena ley, con la palabra y con el voto.
Es hora de respetarnos. Hora de reconocer nuestra victoria. Nuestra victoria cultural, mucho más definitiva que una elección ganada.
Hoy (esta década), nosotros festejamos.
Uds., a callar respetuosamente (si no es mucho pedir).
En la vida hay que saber perder, porque ganar, gana cualquiera. Y Uds. ya ganaron demasiado. Ganaron un país, ganaron un futuro, ganaron unos privilegios, mientras millones quedaban con la ñata contra el vidrio, mojándose en la fina llovizna de la postergación.
Cuando eso sucedía, ninguna cautelar protegió los derechos de la gente a vivir bajo el gobierno que había votado, ni la necesidad de los gurises a recibir alimento decente, ni la urgencia de jubilarse de millones de viejos que habían trabajado sin aportes.
No hubo en aquel entonces poderosos multimedios denunciando fechorías institucionales, no se escucharon en la ocasión valientes voces de leucos, majules y castros, no se convocaron las clases medias en exclusivas esquinas porteñas para reclamar derechos urgentes de casa, salud y comida.
Yo a Uds. no les ví indignarse cuando pobres pibes cuyo máximo acto subversivo fue pintarrajear unas paredes eran chupados por los centuriones. Ni les ví retorcerse de indignación cuando Martínez de Hoz y Cavallo le remachaban el ojete a patadas a los trabajadores.
Corazones de liebre, no se apiadaron de la suerte injusta de los de abajo, acostumbrados a pensar que el pobre merece su pobreza, lo mismo que la mujer su violación y el raro su marginación.
Fueron ganadores crueles que ni las migajas bajo la mesa permitían comer.
Yo no soy nadie, pero los he visto cebarse en el sabor amargo de su victoria y puedo acusarles de inhumanos, ventajeros e hipócritas santularios que recibían la hostia momentos después de aplaudir la tortura.
Cierto es que no soy nadie ni aspiro a dejar en este mundo más que un recuerdo amable en el corazón de mis hijos, pero tengo la facultad del que es libre, de recordar y divulgar la poca decencia con que Uds. manejaron nuestra casa luego de tomarla por asalto.
Y no soy melodramático ni sensiblero si recuerdo la miseria dejada por Uds. en nombre del libre mercado, las reglas del juego y el mundo civilizado.
Si fuese un gran matemático o tuviera paciencia con las estadísticas, les diría el número aproximado de viejos y niñitos que Uds. mataron con la mano invisible esa que tanto venera el socialista de Santa Fe. ¿O se olvida alguien de la época en que los desnutridos eran legión? Y Uds. no les asistieron en aquella época, sabiendo seguramente que cualquier suma que asignaran a los hijos de los desharrapados correría por las canaletas del juego y de la droga.
Espíritus de rata, en los 70 se pasearon imperturbables y hasta orgullosos por un campo lleno de los cadáveres de los que se atrevieron a pensar distinto. Y hoy reclaman libertad de expresión y dicen estar atemorizados por el sesgo autoritario de este gobierno kirchnerista. ¡Uds., que pulían las botas de Videla! Sinvergüenzas. Peores que cualquier otra plaga que haya conocido este suelo.
Absolutamente cierto es que no soy nadie, pero si es por mí y otros como yo, Uds. no tendrán la oportunidad indebida de pasar desapercibidos ante el juicio de los que son más jóvenes y no tienen tiempo o ganas de ver qué ocurrió cuando Uds. eran los que decidían (o dejaban decidir). Estamos aquí para incomodarlos, interpelarlos, no dejar que sigan siendo ganadores minoritarios.
Uds. perdieron la decencia. Yo no tengo la culpa. La perdieron a fuerza de comportarse como canallas. Nadie les puso un revolver en la cabeza para que se exhibieran en su peor costado. Les gustó hacerlo. Lo disfrutaron. Ahora llegó el tiempo de perder. ¿O creían que su suerte duraría? Hoy es tiempo de ser mostrados en cueros ante esa gente que Uds. nunca respetaron. Aguanten callados, como hombrecitos. Si pueden.
Y no pidan clemencia, porque Uds. no la tuvieron. Sean gente al menos una vez. Tengan dignidad, ahora que se enfrentan a su extinción como clase dominante. Y vean que nosotros no intentamos barrerlos del mapa de los vivos, como Uds. sí hicieron. Les hemos ganado la partida en buena ley, con la palabra y con el voto.
Es hora de respetarnos. Hora de reconocer nuestra victoria. Nuestra victoria cultural, mucho más definitiva que una elección ganada.
Hoy (esta década), nosotros festejamos.
Uds., a callar respetuosamente (si no es mucho pedir).
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