Científicos argentinos descubren que queda una marca en los núcleos de las neuronas en los recuerdos que perdurarán en el tiempo
Científicos argentinos descubren que queda una marca en los núcleos de las neuronas en los recuerdos que perdurarán en el tiempo
Científicos
argentinos detectaron que, cuando se atesoran memorias que perdurarán en el
tiempo, queda una marca en los núcleos de las neuronas. El estudio realizado en
animales en Exactas-UBA muestra que, en cambio, cuando se trata de un recuerdo
efímero, no deja ningún rastro
Para
entender lo que ocurre en el cerebro cuando un recuerdo queda fijado de modo
perdurable, los científicos diseñaron un experimento con ratones.
“¿Te acordás
de mí?” Esta pregunta en un encuentro casual dispara un desenfreno de actividad
cerebral para ubicar a ese sujeto extraño que busca ser reconocido. A veces, en
cuestión de segundos, se recuerda su nombre, de dónde se lo conoce y hasta
detalles mínimos; y en otras, dominan vagos recuerdos o ni siquiera se tiene la
menor idea de quién es. ¿Por qué la mente retiene con fuerza algunas cosas y
olvida otras? Cuando el recuerdo perdura en el tiempo, ¿queda algún rastro en
las neuronas? Sí, quedan marcas y un complejo mecanismo actúa para lograr
atesorarlo, según un reciente estudio en animales llevado a cabo por
científicos de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de
Buenos Aires y del Instituto IFIBYNE-CONICET.
Los
investigadores interesados en seguir las huellas de la memoria perdurable,
encontraron que la misma deja marcas en el ADN de las neuronas, y esto no
ocurre cuando se forma un recuerdo vago que pronto será dejado de lado. Estas
marcas en el ADN se denominan epigenéticas. “Cada vez que se forma una memoria,
aunque ésta sólo dure un día, ciertos genes se encienden y eso ayuda a que se
almacene la información aprendida. Antes se suponía que, cada vez que se
formaba una memoria, se ponían en marcha mecanismos epigenéticos que
acompañaban el encendido de los genes en las neuronas. Nosotros planteamos,
desde el principio de nuestros estudios, que estos mecanismos sólo se reclutan
cuando se forman memorias fuertes o perdurables; pero no ocurren cuando las
memorias no van a durar tanto.
Por primera
vez, esto se estudia de modo sistemático”, remarcan desde el Laboratorio de
Neurobiología de la Memoria, Arturo Romano junto con Noel Federman, sobre el
trabajo publicado en la prestigiosa revista The Journal of Neuroscience, donde
también participaron Verónica de la Fuente, Gisela Zalcman, en colaboración con
Nicoletta Corbi, Annalisa Onori y Claudio Passananti de la Universidad La
Sapienza de Roma, Italia.
Tras años de
estudio, estos hallazgos suman pixeles para graficar cómo es el proceso normal,
en animales, de la formación de recuerdos que se preservan en el tiempo. En
otras palabras, reúnen piezas para entender mejor cómo se consolida la memoria
y permite guardar a futuro lo aprendido en el pasado. “Hay patologías que están
asociadas a defectos de estos procesos epigenéticos y como consecuencia puede
haber déficit de memoria. Esta información podría ser usada para esos casos,
pero nosotros –aclara Romano- hacemos investigación básica”.
Para lograr
descifrar lo que ocurre en el cerebro cuando algo queda fijado de modo
perdurable -a diferencia de aquello que se esfumará más rápidamente-, los
científicos diseñaron un experimento con ratones, a quienes entrenaron y luego
les tomaron examen. Sólo algunos aprobaron con éxito: aquellos que tuvieron más
tiempo de aprendizaje y mostraron que la instrucción había sido recordada aun
con el paso de los días. Justamente, estos animales con memoria persistente
registraban cambios en el núcleo de sus neuronas, rastros de que los mecanismos
epigenéticos (acetilación de las histonas) habían actuado permitiendo el mejor
almacenamiento de la información. En tanto, esto no había sucedido en los
ratones “aplazados”, que no lograron fijar el aprendizaje por más de un día.
Ratones
pasan al frente
Ratones a
clase. El aula era una caja de madera. Al frente tenían dos pequeños rectángulos
azules o ladrillos de los juguetes Rasti. El día de la instrucción, algunos
animales podían husmear estos objetos, mirarlos, tocarlos, en fin, conocerlos,
durante unos quince minutos. A otros, en tanto, sólo se los dejaba diez
minutos.
“El día del
test o evaluación, se le coloca al ratón un ladrillo azul similar al que vio en
el entrenamiento, y un objeto diferente. En este caso fue un vaso de vidrio
transparente”, detalla Federman y, enseguida, explica los fundamentos de esta
prueba: “La tarea de reconocimiento de objetos en que nos basamos, parte de la
premisa de que hay una tendencia innata de los animales a explorar el objeto
novedoso. Es decir, si el ratón formó una memoria durante la instrucción, en el
test debería ir directamente hacia el vaso”.
Arturo
Romano junto a su grupo de investigación. Foto: CePro-EXACTAS
Como
profesores meticulosos, los exámenes se los tomaron a un día de la instrucción,
y a la semana. Sólo los ratones que recibieron mayor tiempo de adiestramiento
sortearon con éxito las dos instancias. “La memoria de los animales entrenados
durante diez minutos dura 24 horas, pero no llega a la semana. En cambio, sí
perdura en los animales que fueron entrenados durante 15 minutos”, señala
Federman. En este sentido, ella compara con lo que le ocurriría a cualquiera si
le presentan a una persona, con la cual habla brevemente. Al día siguiente, si
por casualidad se la cruza, muy probablemente la reconocerá. Pero si este
encuentro ocurre años después, difícilmente logre identificarla.
En cambio,
si se trata de un viejo compañero de trabajo es factible que lo ubique aunque
hace rato esté jubilado.
“Algo pasa
para que la memoria de una cara sea débil y otra sea guardada de modo
persistente”, plantea Federman, autora del estudio que halló indicios al
respecto. El equipo encontró marcas en los núcleos de las neuronas de los
ratones con recuerdos persistentes del aprendizaje -es decir, de larga
duración-, que no tenían aquellos incapaces de retener el entrenamiento luego
de una semana.
“La
formación de memoria de largo término necesita de la expresión de determinados
genes en las neuronas”, precisa Romano, refiriéndose a un área específica del
cerebro, el hipocampo, que es “muy importante para las memorias episódicas, las
memorias que nos ayudan a recordar eventos. Otros tipos de memorias, por
ejemplo, aprender a andar en bicicleta, no dependen del hipocampo, sino de
otras áreas del cerebro”, compara.
Volvamos al
ratón en clase frente a dos objetos. A simple vista se puede ver su reacción de
curiosear, mientras en su cerebro, especialmente en el hipocampo, operan
numerosos mecanismos. Sólo en aquellos que lograron preservar el recuerdo por
más tiempo, los investigadores encontraron marcas epigenéticas específicas en
sus neuronas tras estudiar a todos los ratones involucrados en la
investigación.
“Algunas
neuronas activas durante el aprendizaje (de 15 minutos) sufrirán cambios en sus
núcleos. Debido a las marcas epigenéticas, determinados genes se expresan más
durante este proceso de consolidación de la memoria que puede durar varias
horas. Luego del entrenamiento, el cerebro sigue trabajando. Si esos genes se
expresan y determinadas proteínas se forman, van a actuar de forma tal que esas
neuronas cambien y, de este modo, almacenen información en determinada parte
del cerebro. De esta manera se tiene un registro de la experiencia. El ratón
aprendió a reconocer un objeto, y esto perdurará en el tiempo”, concluye
Romano.
“¿Te acordás
de mí?”, pregunta con su sola presencia el juguete Rasti, y el ratón entrenado,
si lo reconoce, lo obviará. Su cerebro carga ahora con las huellas de la
memoria perdurable y los científicos cuentan con detalles de los cambios que
ocurren en sus neuronas.
Fuente: UBA
http://noticias.exactas.uba.ar/memoria-romano-neurociencias-federman
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