Por el orgullo de la integración, por Carlos Oviedo



La facilidad con la que muchos hablamos de discriminación, sirve, paradójicamente, para demostrar que “fácil” no es el adjetivo adecuado para calificar el tema.

Es sencillo encontrar la discriminación en ciertos casos y muy difícil, descubrirla en muchos otros.

Ilustro con una anécdota personal. En una entrevista de trabajo, la persona a cargo de conducirla me pregunta por mi estado civil. Percibo cierta incomodidad en ella cuando digo que soy soltero y vivo con mi madre. Rompo ese silencio tenso diciendo: “Soy heterosexual. ¿Eso es lo que quiere saber?” La prolongación del silencio lo dejó bien claro: eso era lo que quería saber. Hacía pocos meses que se había aprobado la ley conocida como de matrimonio igualitario. Si no me engaña mi memoria, hace pocas semanas se cumplieron tres años. Creo también que hace pocos meses fue aprobada en Uruguay y Nueva Zelandia. Es lindo que eso ocurra y también lo es saber que la Argentina fue pionera en el tema. No faltará en el futuro libro de Historia que lo diga.

El gran paso adelante hay que cuidarlo. Mi anécdota demuestra que una ley, si no se la pone en práctica, queda en una simple expresión de buenos deseos.

Mientras nos encaminamos hacia lo que falta, fijémonos en lo que se ha recorrido.

Comparto otra experiencia.

No hace mucho tuve el placer de asistir a un encuentro en el cual el conocido actor Arturo Bonin contestaba preguntas del público. Pensé en su película “Otra historia de amor”, filmada y estrenada a mediados de los años 80. Arturo se pone en la piel de un personaje que, pasados los cuarenta años, casado y con un hijo, asume su homosexualidad al ser seducido por un compañero de trabajo (interpretado brillantemente por Mario Pasik).

En aquellos años el matrimonio igualitario era algo impensable y tratar un tema así en un trabajo artístico era mucho más difícil que en la actualidad.

Le pregunté a Arturo qué recuerdos tenía del rodaje y presentación de la película.

Me contó que el logro de su puesta en práctica se debió principalmente a la perseverancia de su director, Américo Ortiz de Zárate. Le llevó tiempo conseguir los fondos para el rodaje y cuando acudía el ente cinematográfico, la respuesta que recibía era : “Para películas de putos (sic), ni un solo centavo”. Logró hacer la película en medio de no pocas adversidades y la incertidumbre sobre la aceptación que algo así podía tener por parte del público y la crítica. Imagino que algo parecido habrá pasado con la película “Adiós, Roberto”, rodada en esos años y con un tema similar. Los protagonistas fueron Carlos Calvo y Víctor Laplace.

Volviendo a “Otra historia…”, el resultado fue un trabajo artístico de excelencia y muy buena respuesta del público. Bonin y Pasik asistían a diferentes funciones y entablaban diálogo con el público luego de la proyección. La búsqueda era intensificar la concientización y el logro no fue precisamente algo irrelevante. Ambos actores eran invitados a las marchas que se dieron en llamar “del orgullo gay”.

Cerca de un cuarto de siglo pasó desde aquellos momentos a los de la sanción de la histórica ley. El actor cómico y actual senador nacional Eugenio (Nito) Artaza dio un clarísimo discurso en defensa de la nueva ley. No sé si en ese momento o en el de la sanción de la ley de identidad sexual (2011), se disculpó públicamente por cualquier ofensa a los homosexuales que pudo haber causado durante su carrera artística.

Queda mucho por recorrer, pero el no cesar es el mejor homenaje que se puede hacer a quienes han luchado y lo siguen haciendo.

Un sueño mío es que las marchas “del orgullo gay” pasen a llamarse “del orgullo de la integración” y podemos asistir todos.

Que así sea.

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