CASO CIERTO Y FARRA A CUENTA, por Carlos H. Güttner

Atardecía bajo el apacible cielo de Yaguareté Corá.

Los tibios vestigios del sol se disipaban con el último grito de gol que cerraba la tarde dominguera desde la radio.
Era 1.974 y el país, estremecido en la caldera violenta de las luchas políticas, parecía no inmutar la serenidad paradisíaca del pequeño pueblito correntino.
Todo era silencio y las sombras crecían lentamente sobre el inmenso arenal de las calles.
El rancherío de las orillas regalaba un “olor a torta frita” que brotaba de sus cocinas a leña.
De pronto, un sapukay  interminable sacudió la tranquilidad del domingo.
Un alboroto colosal se desató entre las sombras y la curiosidad se multiplicó por todo el vecindario.
Jacinto Molina había sacado el PRODE.
El festejo descomunal por los 13 aciertos enloqueció al modesto peón municipal, sumiéndolo en una frenética crisis de nervios.
-¡Anojéma el PRODE añamemby!-, repetía Jacinto a los cuatro vientos mientras soltaba estridentes sapukay  amenazando quemar el rancho, el municipio y todo el pueblo para volver a edificarlos.
-¡Jacinto Molina sacó el PRODE!-, gritaban los vecinos en unánime algarabía.
Las viejas chismosas del pueblo difundían la buena nueva a velocidad supersónica.
No era frecuente presenciar el milagro de un pobre peón convertido repentinamente en millonario.
A duras penas, los familiares lograron contener el desborde emocional de Jacinto Molina.
Los más sensatos lo disuadieron de su propósito pirómano, asegurándose el premio consuelo de una farra “a cuenta” e inmediata.
La sugerencia fue convenientemente asentida por una multitud de generosos concurrentes que aumentaba a cada minuto.
Jacinto Molina salió corriendo a buscar el vino y el asado, cuyas cuantiosas proporciones no escatimaron el fiado de los bolicheros, entusiasmados por “hacerse la América” a expensas del potencial económico del afortunado cliente.
La noche se vistió de estrellas rutilantes y estalló en carcajadas y alegrías.
Una farra pantagruélica sin parangón engalanó el rancho de Jacinto Molina y agasajó a los interminables comensales con su jolgorio pueblerino.
El sapukay y el chamamé vaticinaron, por fin, la justificada alegría de los “poriajú”.
Justo cuando rayaba el alba se apagó el candil del lucero y el último invitado abandonó la fiesta.
Jacinto Molina se acostó a dormir, por vez primera, como un señor millonario, feliz de la generosidad de su primer acto.
A media mañana, cuando se acercó a la agencia para gestionar el cobro del billete, se enteró que en todo el país miles de apostadores tuvieron su misma suerte.
Por lo tanto, compartiendo el pozo de aquella jugada del PRODE, le correspondía la módica suma de $ 28 pesos Ley 18.188.
El premio no le alcanzó ni pagar el asado que se había fiado.
Pero eligió no morirse de angustia ni de bronca, y siguió siendo pobre hasta que se despidió de la vida.
Resignado, pero feliz, allá la solidaria ranchada del pobrerío que lo había acompañado en esa noche de farra.-


Relato de un caso real, acontecido en Concepción del Yaguareté Corá (Corrientes) en el año 1.974. La anécdota fué suministrada por Luis María Obregón, y los detalles  por  Olegario "Nunita" Gamarra y "Lali" Romero, testigos presenciales del hecho.-

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