Los correntinos no pegamos una
Los correntinos hemos ido
desarrollando una preferencia por gobernadores autoritarios y corruptos; es la
posible explicación para lo ocurrido en los últimos 30 años.
Ya veníamos mal con los del
Pacto Autonomista Liberal (fallecida alianza conservadora) y no tuvimos mejor
idea que ensartarnos con el estanciero Tato Romero Feris, autonomista que
fingió rebelarse contra las fuerzas del atraso provincial con la fundación de
un nuevo partido, el Partido Nuevo, que provocó una adhesión popular sin
antecedentes y que nos defraudaría rápidamente a todos.
Cuando nos dimos cuenta que
lo de Tato era un afano más, lo echamos mediante la insurrección civil (caería
del mismo modo que De la Rúa
2 años después, a fuerza de movilización popular).
En lugar del estanciero de
San Luis se nos infiltró (manejando hábilmente los hilos del acomodo traidor
dentro de un gobierno de coalición) un abogadillo radical (radical en la
acepción reaccionaria del término) de Mercedes, un tal Ricardo Colombi, gordito
huraño que había venido manejando la municipalidad de su ciudad metido bajo el
ala de Tato, pero que sin demostrar nada parecido a la lealtad, le mordió en la
yugular; el gordito huraño pronto comenzó a hacer lo que todo gobernador
correntino hace instintivamente: controlar a la población (existe por aquí un
hondo aliento fascista) y enriquecerse a sus costillas.
A connacionales más
evolucionados estos relatos pueden parecerles chiste, locura de provincianos;
con algo de prejuicio podrían llegar a pensar que es cosa de correntinos
brutos, precio pagado por vivir en la cerrazón de costumbres y modos de pensar
propios de fines del siglo XIX, donde efectivamente quedaron muchos
correntinos, cierto es.
Sin embargo, no es tan
simple.
Aunque algo de brutos y
antiguos tenemos, diría yo que tal condición no obra a modo de autorización
para que el gobernante nos robe; resulta que cualquier piojo resucitado que
agarra un cargo o carguito público en Corrientes al poco tiempo comienza a
vivir como un aristócrata.
Hay un descaro en la
ejecución del delito y una exhibición de lo mal habido que asombran (el caso
del testaferro Laslo, el caserón que compró para su compinche el gobernador es
emblemático – ver documento al pié del artículo); la propiedad de este inmueble
fue negada con descaro y tenacidad por Colombi, lo que ya se considera semi
prueba de conducta delictuosa, o ¿porqué habría de negar una persona honesta la
titularidad de las cosas que efectivamente posee?
Cada 4 años le estamos dando
la confianza a alguien, le estamos delegando nuestra soberanía a un tipo
creyendo que, por fin, un criollo vendrá a gobernar esta tierra. Y no pegamos
una. Veremos en el 2013.

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