No resignes tu lugar, por Pridiliano Matías Ezequiel Arizábal Crocce Hughes


Cuando fui niño tuve la fortuna de ser informado por mi padre de las naturales divisiones que conforman toda sociedad humana.; desde la galería de la casa mayor, señalándome a la peonada en su lidia eterna con los vacunos, solía decirme: “¿Los ves? Son iguales entre sí. Así como esto es evidente, también lo es que no son iguales a nosotros”; de enseñanzas tan básicas e indisputables formé mi ideario.

La igualdad existe, pero acotada en nichos sociales; yo tengo mis iguales, Ud., confundido lector provisto de vanas pretensiones niveladoras, tiene los suyos. Ud. y yo, mientras tanto, no somos iguales; un abismo de cultura y dotación genética nos separa.

Bien. Ya que no estamos hechos para la confraternidad (Ud. y yo), debemos optar por co-laborar, trabajar juntos, Ud. y yo; Ud. en la limpieza y restantes categorías de servidumbre -para las que Ud. se halla maravillosamente dotado- y yo en las de planificación, organización y mando. Tal es el orden natural de las cosas.

Pero hénos aquí que el antiguo ordenamiento social positivo, que tanto esfuerzo costara imponer a los patricios a lo largo de 200 años de histórica lucha contra la brutalidad innata de la plebe y que ciertamente constituye la fuente bendita de las diferencias entre las clases sociales de nuestro país, ha venido a ser subvertida en la última década por la piara izquierdista sureña, el hato infernal filocomunista, la pandilla sin Dios y sin Patria, estos famosos asesinos de familia, propiedad y tradición comandadas por audaz bandolera de reprensibles ingenios.

Habrás notado, lector – alumno, que existe un duro malestar en las capas sociales encumbradas de La Argentina. ¿A qué lo atribuyes? ¿Crees acaso que la irritación de los mejores puede ser causada por personales caprichos? ¿No consideras que si las personas superiores se hallan disgustadas, su disgusto sea causado por hechos de suficiente gravedad? ¿Pretendes que los vecinos de los barrios aristocráticos se arriesgan en estos días a tomar la calle al son de las bizarras cacerolas por motivos infundados?

Te revelaré -y cuando las limitaciones de tu inteligencia lo permitan revelarás a otros- cual es el motivo de nuestro disgusto: la extensión degenerada del concepto de igualdad entre las personas.

Todo ya suena de forma parecida; inclusión, nivelación, igualdad, redistribución,…

Todo conduce a quitar sus derechos naturales a las clases rectoras y dotar a la muchedumbre de ventajas que nunca necesitaron.

Medita, rudo compatriota, y ve si la educación y el bienestar no necesitan restringirse a un reducido universo de personas principales, pues prodigadas entre la multitud obtendríanse multitudes de individuos inaptos para el trabajo esforzado, resistentes a ser empleados en labores que considerarían inferiores a su capacidad. De este modo ya no existiría la clase trabajadora y cada uno pretendería atributos de mando.

Piensa si existen beneficios en garantizar a las mayorías la seguridad alimentaria; ¿no ocurriría que las clases pobres, de por sí numerosas a pesar de sus desventajas, mejor alimentadas se multiplicarían sin tasa cual colonia de conejos?; de modo que por asegurar el alimento al pueblo lo que se obtendría alo final del proceso es una disparada poblacional que, como paradójico resultado, traería escasez y hambruna para todos.

Reflexiona y comprende lo que ocurriría si las ganancias originadas por el trabajo tuvieran un porcentual de reparto equitativo. ¿Qué te parece que ocurriría si el obrero ganara en forma pareja al patrón? ¿Quién iría a trabajar ya exento de la situación de pobreza por un enriquecimiento arbitrario y ridículo? ¿No es evidente que unos pocos dueños de la mayoría de las cosas son el reaseguro de la funcionalidad del mundo laboral? Eliminando la distribución desigual de la riqueza, caeríamos pronto en el cese voluntario de la generación de riquezas por desgano laboral del ex proletario. A través de la redistribución de la riqueza, en otro resultado paradójico, llegaríamos a la eliminación de la misma. Y ya no habría pobres y ricos. Solo habría desahuciados.

Estas y otras iluminaciones deben ganar tu conciencia, lector – alumno, para que la prédica demoníaca de los subversivos a cargo circunstancialmente del poder no gane tu favor. No quieras dejar atrás tu condición natural, que es la pobreza, ni tu tendencia innata, que es la subordinación y la obediencia. Los patricios hemos luchado demasiado por ponerte en el lugar que te corresponde como para que vengas a resignarlo con irresponsabilidad. 

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