Pirolo, un muchacho cubano como tantos otros

Ninguna revolución triunfa sin mayorías practicantes y convencidas del nuevo credo y Pirolo era un muchacho cubano como tantos otros, seguro de la verdad y la justicia de la revolución cubana.

A los 14 años Pirolo se inició en el boxeo amateur y la bendición que alcanza a muy, muy pocos, de tener algo muy, muy brillante en su cabeza, lo llevó a ser casi invencible, famoso y un héroe para su pueblo.

Era la época de Frazier y Alí y los conocedores del deporte de los puños vieron que el muchacho cubano estaba en la categoría de estos grandes profesionales; comenzó a madurar el proyecto por demás rentable de convertir a Pirolo en profesional y enfrentarlo a los monstruos sagrados del profesionalismo.

No se pudo hacer. Pirolo fue un deportista olímpico hecho y derecho: no transpiraba por la plata sino por la gloria; para colmo estaba su adscripción firme a la ideología de la revolución, que le hizo desconfiado del show business y sus muchos dólares. Se negó del todo a cambiar el favor del pueblo cubano por plata.

Terminó su carrera con 3 medallas de oro olímpicas, 3 títulos mundiales amateur y el reconocimiento que parece exclusivo de quienes pelean por plata; para el mundo no era Pirolo, era el Gran Teófilo Stevenson.

Y terminó bien. Su amada revolución no le abandonó tras el retiro; vivió cómodo, aunque sin los lujos que le hubiera asegurado el profesionalismo.

La trayectoria de Pirolo fue rara, pero más rara fue la sorpresa que causó en muchos su decisión de no cambiar Cuba por dólares. ¿Cómo, por qué renunció a la plata de los norteamericanos? ¿Estaba loco? ¿Estaba mal?

No. Lo hizo porque era un muchacho cubano como tantos otros, seguro de la verdad y la justicia de la Revolución Cubana.

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