Un par de renglones sobre el racista



Claramente el racismo es cultural; nadie nace con esta sensación; se cultiva dentro de la gente, bien dentro del grupo familiar o en grupos socializantes alternativos.

Desde el momento en que se implanta en la persona la certeza de pertenecer a una etnia distinta  y superior al resto se hace difícil desactivar el mecanismo diferenciante.

El racista convencido se transforma usualmente en un predicador de sus creencias y en un implantador del sentimiento racista en otros.

El racista militante suele exhibir un buen número de fundamentos, unos elementos que reputa de probatorios para la postura sostenida; en todos los casos, para iniciar a un individuo en la hermandad, se procede primero a instalarle el sentimiento de suponerse superior por razones naturales a todos los ajenos a su clan, siguiéndose con la parte de fundamentación teórica, en el intento de darle alguna clase de solidez lógica a lo que nace como prejuicio de origen externo.

El racista es un creyente y como tal, aunque muestra unas “pruebas” que confirmarían su credo, no las necesita. Él tiene fe. Teniendo fe se exhime de razonar.



                                                                            

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