Novedades de la Secta
Las órdenes del Gran Maestre
no eran ambiguas.
“Más asalto, violación y muerte. En vivo
si fuese posible”; el Gran
Bastonero asintió con gravedad.
“Y que el Negro cause todo el perjuicio
que pueda. Hay que aprovechar la coyuntura”; el Bastonero se bamboleó un poco sobre sus piernas
regordetas, feliz de ver fluir la maldad del patrón.
“A ver si los analistas ponen garra.
Porque a veces parecen neutrales. No quiero medias tintas”.
La vieja estaba asomada al
ventanal y confundiendo invierno con primavera usaba unos vestiditos de hilo
que le dejaron un desastre pulmonar. “El juicio final, se viene,
escondan a los chicos, aquí no pasó nada”, decía en delirios ya
frecuentes.
El Maestre miró al Bastonero
directa y fijamente a los ojos; con un cabeceo señaló a la anciana y murmuró “Tenemos
que hacer algo”.
Un eco metálico se adhirió a
las palabras recién pronunciadas y el corazón del Bastonero zapateó alterado de
saber qué cosa se le estaba sugiriendo.
El autócrata -diestro lector
del alma humana- conjuró la inquietud de su asistente sentenciando “A la
historia no la escriben los cobardes”.
En el ventanal, ausente, la
vieja permanecía ajena a las acechanzas.
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